Hace veinte años, en octubre de 2006, un Google que ya dominaba sin rival el terreno de las búsquedas y la publicidad en la red decidió dar otro golpe en la mesa: se hizo con una jovencísima plataforma llamada YouTube mediante un intercambio valorado en 1,650 millones de dólares.

Aquel rincón de internet era todavía un recién nacido: apenas sumaba veinte meses de vida, acumulaba pérdidas vertiginosas debido al disparatado coste del ancho de banda y ni siquiera contaba con una fórmula clara para generar ingresos.