La playa de El Trampolín es uno de los escenarios principales de la crisis en Ceuta. También uno de los ejemplos de hasta qué punto el problema se ha enquistado. Es zona habitual de familias que van a bañarse, jugar con los niños y tomar el sol. Pero desde hace un mes es un asentamiento de inmigrantes en condiciones insalubres. Este campamento ha crecido en los últimos días y la hilera de chamizos cada vez se extiende más. En ese contexto, ha surgido una suerte de mercadillo precario con puestos de venta regentados por los propios inmigrantes.
Liduan tiene 36 años y era frutero en Tetuán. Dice que su objetivo es llegar a la península, aunque no habla español. “Vendo tabaco para poder sobrevivir en Ceuta y para no estar pidiendo”, afirma en árabe mientras sostiene varios paquetes de Chesterfield entre los dedos. Tiene más en su bandolera. Cada día acude a la playa de El Trampolín, pero al caer la tarde se marcha de vuelta a las naves de El Tarajal, otro de los puntos en los que se aglutina un número indeterminado de los llegados en julio. Explica que allí tiene amigos y se siente más seguro. Puede dejar sus cosas sin que nadie se las robe. Ha empezado a comerciar gracias a que un amigo le ha dejado 20 euros. Vende cigarros sueltos y de cada paquete saca unos dos euros de ganancia.
Entre la playa y la carretera hay un pequeño corredor a lo largo de un quitamiedos por donde transita gente constantemente. Ahí se ha establecido una línea de puestos. Hay barras de pan, galletas, latas de atún, zumos, más galletas. Uno vende ropa donada a dos euros; cuesta lo mismo una camiseta de Nirvana desgastada que una manta gruesa. Otro más allá despliega el género sobre una tela que lleva la señal de la Cruz Roja. En su caso, son productos de supermercado y alguno lleva la marca de una conocida cadena. Hay comida que se parece mucho a la que se les reparte a diario. "'Hamsa segar, uahed uro'" ("'cinco cigarros, un euro'"), dice otro.
Hay inmigrantes que tienen dinero; incluso se ve a alguno en los cajeros del centro de la ciudad. Un joven que prefiere no ser identificado admite que lo que vende lo ha comprado en Mercadona o en negocios locales. Otro ha improvisado un puesto de té que presenta unas condiciones higiénicas deplorables. “¡Hay que ganarse la vida!”, dice sonriente en español. A su lado hay un joven muy serio que cobra por cargar el móvil. Los que tienen dinero aprovechan para sacarse unas ganancias diarias con las que poder subsistir sin depender del reparto de alimentos oficial.
Colas organizadas por la Policía Nacional para el reparto de comida. (Ana López)A la izquierda, un inmigrante en la playa del Trampolín con un negocio de té. A la derecha, Liduán, de 36 años, vende cigarros sueltos y gana dos euros por paquete. (Ana López)
Para optar a una bolsa de las que otorga el Gobierno, hay que pasar horas de espera al sol. Llevan cartones para cubrirse. A muchos se les están pelando los brazos después de haberse quemado. La Policía va conduciendo a los grupos en filas hasta un extremo de la playa para que no haya tumultos. Es una coreografía aprendida con los días. Los varones a un lado y las mujeres al otro, todos aplauden cuando ven llegar los vehículos de la Cruz Roja fuertemente escoltados por la Policía.
La recompensa es un cartón de leche, un paquete de galletas, dos frutas y una botella de agua. El que llegue tarde se queda sin comida porque los agentes establecen un cordón de “no pasar” cuando se cumple la hora establecida. Un habitual de la contigua Playa Benítez dice que esta vez se ha quedado dormido y probará mejor suerte al día siguiente. Nada indica que esta rutina vaya a cambiar a corto plazo para ellos.
Comida y bebida expuesta para su venta, en el Trampolín. (Ana López)Un fotógrafo toma imágenes de la zona donde el Gobierno puso hace días unas duchas. En el lugar hay un matrimonio en un coche que reacciona airado al pensar que las fotos son a ellos. La mujer grita al fotógrafo desde el interior del vehículo. Habla en árabe, pero tiene acento marroquí. Un ceutí musulmán comparte con este periódico su sospecha de que hay familiares que llegan de Marruecos a traer víveres a sus hijos que cruzaron a Ceuta en la llegada masiva.
Se van a cumplir dos semanas desde que la Policía vació El Trampolín. Fue un traslado voluntario a los campamentos habilitados por el Ministerio de Migraciones. Pero en las famosas carpas tan solo había 1.800 plazas; no cabían todos, así que a las pocas horas cientos de inmigrantes volvieron a la playa. El tiempo que estuvo la arena vacía, las autoridades aprovecharon para limpiarla ante el riesgo de contagios y enfermedades.
Trabajadores de la Cruz Roja reparten comida a los inmigrantes. (Ana López)Otro de los múltiples puestos de venta. (Ana López)
Otros muchos se quedaron en los aledaños de uno de esos campamentos, en el barrio de Loma Colmenar, el de los magrebíes. Llevan semanas haciendo cola y cogiendo sitio para ser los primeros si el Gobierno decide ampliar las plazas. Ese lugar fue escenario de tensión este lunes cuando se permitió el acceso a 200 personas más. Los nervios y las avalanchas llevaron a las fuerzas de seguridad a hacer uso de su material antidisturbios para calmar la situación.
Los agentes acabaron por desalojar la zona, pero los vecinos del barrio están seguros de que no tardarán en volver. Otros, en cambio, irán a El Trampolín, que lleva días absorbiendo inmigrantes. La semana pasada, un grupo de ceutíes quiso llegar hasta allí al terminar una manifestación para hostigar a los inmigrantes, pero la Policía lo impidió. Hoy, intentarlo de nuevo sería simplemente una temeridad porque el número alcanza varios miles de personas.
En la ciudad creen que muchos han ido llegando desde los montes y los barrios donde se escondieron los primeros días. Todos tienen móviles y están informados de lo que pasa. Saben que su situación va a ser precaria, pero que al menos de momento, nadie les va a expulsar.