PIEDRAS NEGRAS, COAH.- La instalación de boyas y barreras flotantes en distintos puntos del río Bravo, diseñadas para inhibir el cruce de migrantes, ha desatado una intensa controversia legal y humanitaria. Sin embargo, detrás del debate político se perfila otra amenaza latente: el impacto ambiental sobre uno de los ecosistemas fronterizos más frágiles y relevantes entre México y Estados Unidos.
El río Bravo, que funge como frontera natural, sostiene una red de vegetación, fauna y comunidades humanas estrechamente vinculadas a su cauce. Cualquier infraestructura colocada de forma permanente en su trayecto altera las condiciones naturales del afluente, un factor que rara vez se pondera desde una perspectiva binacional.