El mundo cambió la mañana del 11 de septiembre de 2001, tan sólo cinco días después de la exitosa e histórica visita de Estado de Vicente Fox a Estados Unidos. Terroristas de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales: dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas en Nueva York; otro, contra el Pentágono, y un cuarto cayó en Pennsylvania. Casi tres mil personas murieron. Fox se comunicó rápidamente con George W. Bush para expresarle las condolencias y la solidaridad de México. Hasta ahí iba todo bien: nos hicimos presentes con la llamada obligada, en el tiempo de rigor.

Al día siguiente, 12 de septiembre, el gobierno y la sociedad mexicana empezaron a discutir en torno a la mejor forma de hacerse presentes, o no. Juan Hernández, encargado de la atención a los mexicanos en el exterior, fue el primero en llegar a Nueva York; mientras la oposición, los medios y algunos integrantes del gabinete se resistían a un cheque en blanco, Juan tomó el primer vuelo disponible. Había que atender las consecuencias humanas del ataque, particularmente entre los connacionales.