Esta semana, el rendimiento del bono del Tesoro de Estados Unidos a 10 años rebasó el 5 por ciento y alcanzó el nivel más elevado de los últimos 19 años.

Pero hay un cambio que aún es más significativo que el nivel de la tasa: los gobiernos de los países ricos, no sólo Estados Unidos, están pidiendo prestado a plazos cada vez más cortos.

Buscan pagar menos intereses hoy pues las tasas de corto plazo son menores. A cambio, tendrán que regresar más pronto al mercado para refinanciarse, sin garantía de que entonces encuentren dinero más barato. En México conocemos bien ese riesgo. Nos tomó años reducirlo, y ahora vemos a algunas economías avanzadas recorrer el camino contrario.

The Economist dedica uno de sus análisis recientes a esta combinación. En las últimas décadas, los países ricos habían tenido tasas altas y también deudas elevadas, pero no las dos cosas al mismo tiempo, como sucede ahora.

La deuda pública bruta de las economías avanzadas ronda 110 por ciento del PIB, frente a 70 por ciento a principios de este siglo. En 2007, con tasas parecidas a las actuales, sus gobiernos necesitaban colocar deuda por alrededor de 11 por ciento del PIB. Este año será más del doble, entre lo que piden para cubrir sus déficits y lo que requieren para pagar préstamos que vencen.

Para prestar a diez, veinte o treinta años, los inversionistas exigen un rendimiento adicional. Quieren una compensación por la incertidumbre sobre la inflación y las cuentas públicas durante un tiempo largo. Los gobiernos intentan ahorrarse parte de ese costo colocando deuda que vence antes.

El resultado ya se ve. Casi una cuarta parte de la deuda negociable de Estados Unidos está en letras del Tesoro, instrumentos que vencen en un año o menos. El plazo promedio de su deuda es inferior a seis años, apenas por encima del de un país emergente típico, según el semanario británico.

La apuesta puede salir bien si las tasas bajan. Se renueva la deuda a un costo menor y se evita contratar hoy un crédito caro por décadas. Pero si las tasas permanecen altas o siguen subiendo, la ventaja se pierde. Cada vencimiento obliga a negociar de nuevo.

La OCDE calcula que en 2025 casi cuatro de cada cinco dólares que sus miembros pidieron prestados sirvieron para pagar deuda que vencía. Un tercio de sus bonos a tasa fija vence para 2028.

Y hay razones para pensar que el dinero a largo plazo seguirá siendo caro. Los bancos centrales están reduciendo sus tenencias de bonos. También pierden peso los fondos de pensiones que garantizan un pago al jubilado y que, para cubrirlo, compraban deuda a muchos años. Quienes toman su lugar exigen mejores rendimientos.INTELI

Incluso Estados Unidos está perdiendo una ventaja. Durante años pudo pagar menos intereses porque los inversionistas valoraban la seguridad de sus bonos y la facilidad para venderlos. Un análisis de Lira Mota, del MIT, actualizado por Hanno Lustig, de Stanford, y citado por The Economist, señala que ese beneficio prácticamente desapareció.

A eso se suma un competidor de enorme tamaño: la inteligencia artificial. Los centros de datos requieren inversiones que las grandes tecnológicas están financiando también con deuda.

Michael Cembalest, de J.P. Morgan, estima que los cinco grandes proveedores de infraestructura digital y Nvidia han emitido este año cerca de 320 mil millones de dólares, sumando deuda propia y de vehículos financieros respaldados por esas empresas. Son recursos por los que también compiten los gobiernos. Esa demanda puede empujar hacia arriba las tasas que todos pagan.

Conviene evitar una lectura catastrofista. Un rendimiento de 5 por ciento no era extraño antes de 2008. Las tasas altas también pueden reflejar una economía fuerte. El problema es que hoy los gobiernos deben mucho más y, conforme vence la deuda contratada a tasas bajas, sustituirla se vuelve más costoso.

The Economist calculó qué ocurriría si toda la deuda se renovara a las tasas actuales de los bonos a cinco años, con el crecimiento y la inflación previstos por el FMI. Estados Unidos necesitaría mejorar su balance antes del pago de intereses en casi cinco puntos del PIB para estabilizar su deuda. Francia requeriría un ajuste de alrededor de cuatro puntos.

Eso exigiría mayores ingresos, menos gasto o una combinación de ambos. El refinanciamiento completo tomaría años, pero el cálculo muestra la magnitud del esfuerzo. Acortar los plazos hace que las nuevas tasas lleguen más rápido al presupuesto.

Para México, esta historia tiene algo de conocido. En 1994, los Tesobonos vencían a corto plazo y su valor estaba ligado al dólar. Los compromisos de pago superaban las reservas disponibles. Estados Unidos se endeuda en su propia moneda, por lo que no enfrenta aquel problema cambiario. La semejanza está en depender más seguido de la disposición de los inversionistas a renovar los préstamos.

Después de aquella crisis, México fue construyendo otra forma de financiarse. Colocó su primer bono a tasa fija a 10 años en 2001 y el de 30 años en 2006. Poder asegurar recursos por más tiempo fue una de las lecciones de la crisis.

Según Hacienda, los valores gubernamentales colocados en el mercado local tienen un plazo promedio de alrededor de ocho años, superior al de Estados Unidos.

Es una protección importante. Permite que un alza de tasas tarde más en trasladarse a buena parte de la deuda. Pero tener más tiempo para pagar no significa que la deuda sea barata.

El Paquete Económico prevé que el costo financiero alcance 4 por ciento del PIB en 2027, frente a 3.7 por ciento este año. La medida más amplia de la deuda pública llegaría a 55 por ciento del PIB. Cuanto más se destine a financiarla, menos margen habrá para atender otras necesidades sin aumentar los ingresos o volver a endeudarse.

Fitch estimó el jueves pasado que México necesitaría reducir su déficit amplio a cerca de 2.5 por ciento del PIB para estabilizar la deuda. La meta del gobierno para 2027 es 3.9 por ciento. La diferencia, que la calificadora ubica en alrededor de 1.5 puntos del PIB, da una idea del ajuste que todavía falta.

Y nuestro margen es estrecho. Moody’s y Fitch nos colocan en el último escalón del grado de inversión. La lección para México es cuidar los plazos de la deuda y corregir la trayectoria del déficit antes de que conseguir financiamiento se vuelva más difícil.

Los países ricos empiezan a descubrir lo que los emergentes saben desde hace tiempo: que la paciencia del mercado no es un derecho, sino un precio.

México ya lo paga. Y ahora tendrá que disputar el ahorro a gobiernos y empresas que también están dispuestos a pagar más. En ese entorno, cualquier descuido en nuestras finanzas públicas puede salir mucho más caro.