Golpe al sistema educativo español. España firma su peor resultado histórico en el informe PISA, la prueba que evalúa conocimientos, habilidades y actitudes del alumnado de 15 y 16 años. Todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) caen, pero el nuestro lo hace con más fuerza.
El mayor batacazo se da en la lectura. Mientras la media de la OCDE (de los 23 países con datos desde el año 2000) cae 16 puntos, España pierde 23. Este retroceso no hace sino agravar la tendencia registrada por el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA) en las principales economías del mundo, incluida España.
Mejoran sus resultados, aunque solo para ciencias, Castilla-La Mancha y Ceuta. Un movimiento muy tímido, ya que el resto de comunidades autónomas obtienen unos peores datos respecto a la anterior evaluación de 2022. La Comunidad Valenciana es la que empeora con más fuerza en todos los registros. Le siguen Navarra en matemáticas y País Vasco en lectura y ciencias.
La prueba nunca había alcanzado números tan bajos. Podría ser peor. “Es muy probable” que el número de exclusiones de centros de Cataluña (23,2%) y Murcia (12,7%) “den lugar a un sesgo al alza”, advierte la OCDE. El informe de PISA, de 377 páginas, así como todos los datos disponibles entregados por la OCDE, promotora de esta gran evaluación, permiten ir más allá de quién tiene las mejores y peores notas, sino ir a la raíz de las causas.
1. La lectura, claveA examen no solo estaban los más de 760.000 estudiantes de 91 países que participaron en la prueba, sino también los centros educativos y las propias políticas de educación. Aunque la gran asignatura pendiente de España ha sido la de plantear una Ley de Educación perdurable —van nueve desde 1970 y cinco han estado en vigor desde que España se incorporó a PISA—, los motivos de esta caída no se explican sólo por un único factor.
De hecho, los autores del informe se han visto obligados a encontrar explicaciones ante estas caídas en los resultados. El supuesto impacto del COVID es una explicación fácil pero no es acertada: “Estos acontecimientos forman parte de una tendencia a largo plazo. El debilitamiento del rendimiento es anterior a la pandemia”, aseguran.
La tendencia más alarmante está en la comprensión lectora, que es la competencia “base del aprendizaje en todas las áreas del currículo, esencial para encontrar, evaluar, interpretar y reflexionar sobre la información en un mundo cada vez más digital”, alertan los autores.
Aquí existe una cierta brecha de género. Los alumnos españoles muestran un peor desempeño en la lectura, con una diferencia de 26 puntos respecto a sus compañeras. Algo que se invierte en el caso de las matemáticas, donde ellas muestran un rendimiento inferior.
Lo que se ha roto es la capacidad de mantener la atención. Las actividades más deficitarias son las que requieren comprender y evaluar textos largos. Los lectores “apresurados”, que responden rápido y mal, han pasado del 7 al 12%. Más que rendirse y dejar en blanco las preguntas más difíciles, los alumnos prefieren responder deprisa.
2. ¿La IA tiene la culpa? Sí, pero noLa inteligencia artificial no podía quedarse fuera del análisis. Su penetración en las aulas ha sido veloz y evidente. De acuerdo con información de PISA, los chatbots y la IA generativa están plenamente integrados en el día a día de la escuela moderna. Entre los países de la OCDE, el 86,3% de los alumnos admiten haberla utilizado al menos una vez para alguna tarea relacionada con la escuela; en España la cifra asciende al 91,8% de los participantes.
La inteligencia artificial es amenaza pero también oportunidad. El informe acepta que “en primera instancia, los resultados no son positivos”. Los alumnos que recurren a los chatbots para tareas concretas sacan de media peores notas en ciencias que quienes no los usan. La distancia llega a los 27 puntos entre quienes nunca los emplean para resumir textos y quienes lo hacen a diario. Pero los autores no se apresuran a condenar el empleo de las nuevas tecnologías.
Los resultados muestran que, de hecho, la IA podría servirle a los estudiantes. Todo depende de cómo y cuánto se utilice. PISA cruzó la frecuencia y el tipo de uso con la nota de ciencias. Quienes recurren a ella con moderación para resumir un texto o investigar sobre un tema nuevo rinden mejor que los que apenas la tocan y que los que la usan a diario, aunque ninguno alcanza a los que no la usan nunca. Y cuando se emplea como apoyo al aprendizaje se invierte, ya que los usuarios semanales sacan once puntos más que quienes no la usan nunca.
Según el estudio, quienes más provecho le han sacado a estas herramientas son aquellos que disponen de oportunidades de aprendizaje relacionadas con la IA en sus centros educativos, donde adquieren habilidades esenciales como “evaluar la evidencia, cuestionar afirmaciones intuitivas y juzgar la fiabilidad de los diferentes tipos de información”.
El acceso a estas oportunidades está creando una nueva brecha que los datos ya muestran. Los autores del informe son tajantes: “quienes triunfen en la era de la IA no serán aquellos que simplemente sepan cómo dar instrucciones a una máquina. Serán aquellos que sepan cuándo confiar en la IA”. De acuerdo con los resultados de PISA, los estudiantes de entornos socioeconómicos desfavorecidos tienen menos probabilidades de afirmar que se les ha pedido que evalúen información generada por inteligencia artificial.
Debacle de España en PISA: no supera la media de la OCDE en matemáticas, lectura ni ciencias
Pepe CamposEl desplome se concentra especialmente en lectura, donde España pierde 23 puntos desde 2022 y cosecha la puntuación más baja de toda la serieLa velocidad de adopción de la IA tampoco depende de estar mejor preparado. La OCDE apunta una hipótesis: los sistemas educativos con mal desempeño han sido rápidos para echar a andar estas herramientas, como “una estrategia compensatoria” de sus deficiencias, y avisa de que lo que marca la diferencia es la política y el diseño pedagógico que lo acompañen.
3. Más allá de la desigualdad: los ricos van a peorUno de los grandes hallazgos del informe PISA es un empeoramiento global del rendimiento del alumnado más favorecido que rinde “por debajo de lo que cabría esperar dado su origen”. Esto se traduce en una reducción de la brecha con los estudiantes más pobres, aunque “no significa necesariamente un sistema más justo” y “apunta a un desafío mucho más amplio que la desigualdad por sí sola”.
En España los estudiantes de origen más humilde también caen en todas las disciplinas, y en la media de países miembros de la OCDE solo mejoran en ciencias. La distancia entre unos y otros se reduce –18 puntos en lectura, 14 en matemáticas y 8 en ciencias– porque los ricos caen más. Así, los estudiantes españoles con mejores condiciones socioeconómicas bajan 33 puntos en la prueba de lectura, 24 en matemáticas y 13 en ciencias respecto al informe de 2022.
El desplome de los estudiantes acomodados arrastra consigo a la excelencia académica. Los alumnos españoles con niveles muy altos de lectura han pasado del 5,6% al 2,4% en una década. En matemáticas, del 7,3% al 4,1%. En ciencias, del 5% al 4,4%. El peor desempeño de los estudiantes con mayor nivel socioeconómico explica el 58% de la pérdida de excelencia en lectura, el 59% en matemáticas y el 95% en ciencias.
Aunque el Ministerio de Educación, en el informe que elabora con los datos de PISA, admite que en España "se es más eficaz mitigando las dificultades del alumnado desaventajado que potenciando las posibilidades del alumnado más aventajado", esa virtud también está en cuestión, ya que crecen los alumnos que se quedan atrás. Uno de cada tres estudiantes españoles no alcanza el nivel mínimo en lectura y matemáticas, y uno de cada cuatro tampoco en ciencias. El alumnado rezagado en lectura ha crecido quince puntos en la última década, once en matemáticas y seis en ciencias.
4. Absentismo, falta de apoyo y de profesoradoMás allá de los resultados puramente académicos, el sistema educativo español arrastra problemas estructurales que se han agravado en los últimos años y que evidencia el último informe PISA.
El absentismo escolar repunta. El 34% de los alumnos españoles faltó a clase al menos un día completo en las dos semanas anteriores a la prueba. Hace tres años fue el 28%. La brecha entre comunidades va desde el 41,1% de Andalucía al 14,3% del País Vasco. Contando también a quienes se saltaron también clases sueltas, la cifra llega al 48,7%, quince puntos más que la media de la OCDE.
También aumenta la percepción de falta de personal y recursos, en una carencia que se concentra en la red pública. Casi la mitad del alumnado (49%) cursa sus estudios en institutos donde la dirección considera que falta profesorado, y siete de cada diez donde no hay suficiente personal de apoyo, casi el doble que la media de la OCDE (39%). Asimismo, el 44% de los estudiantes está matriculado en centros donde la falta de infraestructuras –desde edificios hasta sistemas de calefacción y refrigeración– obstaculiza la enseñanza, diez puntos más que en 2022.
El apoyo familiar a los alumnos también se ha visto mermado. El porcentaje de alumnos que aseguran que sus padres o tutores les preguntan semanalmente qué han hecho en el instituto ha caído del 77 al 69% en los últimos tres años. Asimismo, solo la mitad afirma hablar con ellos de los problemas que pueda tener en el centro –en 2022 eran el 60%-. La tendencia es global, pero aquí importa más: el apoyo familiar está asociado en España a seis puntos más en la prueba de ciencias.
5. ¿España sale bien en algo?Pese al retroceso académico generalizado del informe, no todo son malas noticias. El alumnado español es el que más se siente parte de su instituto (90%) de toda la OCDE. Solo el 18% del alumnado cree que la escuela ha sido una pérdida de tiempo, frente al 24% de media. Además, hay menos estudiantes afectados por el acoso escolar y ciberacoso que el promedio internacional.
Aun así, conviene tener en cuenta que estos últimos datos no se miden, sino que se declaran. Salen del cuestionario que el alumno rellena tras el examen y la propia OCDE advierte de que las diferencias entre países “pueden reflejar variaciones en el comportamiento a la hora de responder más que diferencias subyacentes reales”.