Doscientas piezas únicas, de coleccionista, procedentes de prácticamente todo el mundo, componen la exposición con la que el Museo de la Ciencia de Valladolid redescubre las múltiples facetas y dimensiones de la plancha, “el electrodoméstico más antiguo del Sistema Solar”. Un objeto que solemos asociar con la humilde cotidianidad, pero que también fue expresión de lujo y estatus, así como soporte para expresiones de creación artística.
Una plancha china para seda, datada en el siglo XV, es la pieza más antigua de la exposición, pero no la más significativa. No es casualidad que el recorrido se inicie con las dos únicas que no encajan con el derroche de lujo y vistosidad que el espectador podrá contemplar hasta el 16 de mayo del año próximo. Son dos planchas de hierro comunes, que el coleccionista Carlos Uzquiano rescató de su caserío en llamas, siendo un niño de sólo 15 años. “Eran de mi madre. Yo la vi planchar con ellas la ropa de cinco hermanos. Para mí tenían un significado especial”. Con ellas comenzó una colección —que entonces no era consciente de serlo— que actualmente ronda las 1.200 piezas. Una pequeña, pero significativa, muestra se expone en el museo vallisoletano.
Las dos planchas menos valiosas de la colección de Uzquiano son, sin embargo, las que tienen el mayor valor sentimental, y las que probablemente explican la fascinación que despierta este objeto. Las planchas han estado asociadas históricamente con la madre y sus tareas, también con el cariño que desplegaba en ellas. De algún modo, las planchas recuerdan el amor de tantas madres.
Una de las piezas expuestas en el Museo de Ciencia de Valladolid.
También de madres pudientes y con posibles, como las propietarias de los ejemplares que componen la colección de Uzquiano, y que no estaban al alcance de cualquiera. La mayoría de ellas son piezas únicas, forjadas específicamente con un diseño decidido por el comprador. Expresión de lujo y de estatus, algunas se concibieron como regalo de boda para la esposa, y casi todas las que pueden verse muestran cómo este objeto se convirtió en soporte de artes decorativas y espacio de creación.
“Empecé muy pronto a coleccionar y eso me permitió conseguir enseguida algunas piezas muy singulares, que fueron incluso objeto de publicación en revistas especializadas”, explica Uzquiano. Enseguida se hizo con una pequeña muestra de 30 planchas, pero el verdadero salto se produjo cuando se lanzó a la busca de ejemplares de otros países y de otras épocas hasta convertirse en uno de los veinte coleccionistas más importantes de Europa. “La exposición muestra piezas de un altísimo valor, en muy distintos aspectos”. Histórico, artístico y económico. Porque si estas planchas ya eran objeto de lujo en el momento en el que fueron forjadas, ahora, como piezas de coleccionista, aún más.
Pieza de M. Salemon expuesta en la muestra.La diversidad de formas y posibilidades asociadas con ese objeto que denominamos plancha es enorme. En el comienzo del todo están los alisadores, tablas o rollos que permitían eliminar las arrugas. Porque, hasta que, en 1982, Adolfo Domínguez lo cambió todo con su célebre frase –“la arruga es bella”- las civilizaciones humanas habían considerado la lisura como signo de distinción.
“Hay planchas específicas para cada tejido, y para cada tipo de ropa”, explica Uzquiano. Hasta la aparición de la plancha eléctrica, funcional, pero sin el encanto de sus versiones más antiguas, las planchas necesitaron sistemas de calentamiento externos, los braseros. Y como el calor se disipaba, cada casa necesitaba al menos dos, para irlas intercambiando. En las casas grandes y palacetes -tipo Downton Abbey, para entendernos- donde había muchas personas implicadas y muchos sirvientes, había un gran número de calentadores en línea, para ir cogiendo las planchas según iba siendo necesario.
Siglos XVIII y XIXPero en los siglos XVIII y XIX las planchas empiezan a modernizarse, con sus propios depósitos de gas, petróleo, gasolina o alcohol. “Las de gasolina eran muy peligrosas, porque explotaban y se quemaban. Las de alcohol tenían menos riesgo”, explica el coleccionista vasco. La electricidad le quitó mucho encanto a la plancha, pero, a cambio, le aportó comodidad y seguridad. Y, a su modo, incluso los modelos más estandarizados buscan distinguirse con sus formas y colores.
La creatividad de los artesanos se expresa de muy diversas maneras. La más común, a través del grabado de todo tipo de formas decorativas en la superficie de la plancha. O mediante la combinación de materiales en busca de un efecto estético. Hay planchas con forma de ballena; otras que simulan poderosas embarcaciones metálicas capaces de surcar mares de ropa. Entre las piezas más singulares, una que tiene una decoración pictórica en la base y que suponemos objeto de adorno y sin uso. Pero otras, como la que incorpora la figura de una joven planchando, sí debían tener la opción de usarse. Son muy habituales también las que incorporan todo tipo de formas zoomórficas, algunas tan imponentes como leones o dragones, de las que hay una buena muestra en la exposición del Museo de la Ciencia de Valladolid.
El coleccionista que ha aportado los fondos a la muestra, Carlos Uzquiano.Y de otras sabemos a ciencia cierta el nombre de su propietaria porque está grabado en la propia plancha, de forma muy visible y notoria, en un proceso muy explícito de personalización. Una mujer acomodada de origen judío, M. Salemon, ha pasado definitivamente a la posteridad gracias a su plancha, un ejemplar de hierro con base de latón que la recuerda y que tiene en el grabado ostentoso de su nombre su mayor seña de singularidad.
Además de la plancha china para seda, el visitante podrá disfrutar de otros objetos extraordinariamente únicos, como una plancha de fundición forjada en Egipto, que, con sus 17 kilos, es la pieza más pesada de la exposición. También encontrará una plancha de carbón procedente de un monasterio de Italia, o una estufa de lavandería francesa, diseñada para calentar cuatro planchas de forma simultánea. Acompañan la colección una muestra de trajes de época que ayudan al espectador a situarse en los distintos momentos históricos de algunas de las planchas.
Si tuviéramos posibilidad de interrogarlas, o de reconstruir su existencia, cada plancha nos contaría muchas historias. Algunas tristes también, como las que nos relatarían las ‘planchas de esclavas’, que tenían una campanilla en el mango para que la señora de la casa supiera en todo momento si se estaba planchando o no. Otras, en cambio, quizás pudieran contarnos relatos de sofisticada distinción. “En la exposición pueden verse planchas francesas que con toda seguridad estuvieron en casas de alta costura de París”, explica Uzquiano. “¿Qué no podrían contarnos?”.