Todo llama la atención. Es girar la cabeza, y no parar de ver objetos con una pequeña historia detrás. Hay cerámicas de Valladolid y Michoacán, exvotos españoles, mexicanos, franceses y griegos, textiles de Birmania, escapularios avejentados, muebles recuperados en Bélgica y París, cuadernos de papel marmoleado, tallas religiosas, botijos. Y si se presta atención a lo que hay colgado en sus paredes, veremos hasta dos delicados carboncillos rescatados del estudio del arquitecto y paisajista Pedro Moya.
En un local pequeñito, con dos espacios bien diferenciados, en la popular y castiza calle de Santa Ana, Señoritos ha reunido durante sus primeros tres meses de vida buena parte del universo referencial que Mariano Santana y Steven Franklin llevan más de una década modelando. En su imaginario —y su vida creativa— hay mucho de interiorismo, moda, arte popular y coleccionismo. Pero advierten con una media sonrisa: “Si uno vuelve dentro de seis meses, probablemente la tienda será otra”.
Con esa idea nos adentramos en su filosofía y forma de trabajar, que no ha parado en estos escasos 90 días desde su apertura. Lo primero que han hecho ha sido lanzar una colección que ha hipnotizado a todos aquellos que la hemos visto. Santana y Franklin estudiaron la iconografía solar hispanoamericana para diseñar dos sillas y un armario de pared, fabricados artesanalmente y únicamente por encargo. “Quisimos desarrollarlos como un homenaje a los altares de toda la vida, de las casas de los pueblos en España y México, pero haciendo un altar contemporáneo”, explica Santana, mexicano con nacionalidad española.
Fachada de la tienda Señoritos en la calle Santa Ana. (Abraham Rivera)
El armario es una virguería, fantástico en su forma de representar al dios Sol, y que al abrirse puede ser usado para esconder fotografías, libros, cuadernos o recuerdos. Las sillas, como comentábamos, trasladan esa misma geometría solar a la madera y el latón. La colección se completa con treinta platos de cerámica y unos broches realizados en México mediante una técnica de alpaca bañada en oro. Estos últimos volaron al poco de salir.
Pero si seguimos husmeando en la tienda, y nos interesamos por los muebles que guardan todos estos objetos, veremos que el trabajo de Santana y Franklin ha sido encomiable. Un disfrute para la vista. Por ejemplo, una enorme estantería procede de una chocolatería belga de 1840. Santana se va moviendo por la tienda y nos va contando la historia de cada cosa por la que le preguntamos. “Estas son unas piezas taurinas realizadas en España en los años ochenta. Esto que ves son unas vírgenes de madera de pino que nunca llegaron a policromarse.
Y si levantas la cabeza, ahí arriba, verás cerámicas procedentes del legado de una familia de Arrabal de Portillo”, describen orgullosos Santana y Franklin de una colección de vasijas, unas 350 piezas, que adquirieron en esta localidad al sur de Valladolid y conservadas desde principios de los dosmiles. También señalan un pequeño recipiente de barro bruñido de David Santana, artesano de Michoacán, inspirado en una pieza purépecha que conoció de niño. “Queremos que cualquier espacio que diseñemos tenga carácter, textura, profundidad. Que puedas sentir que tiene alma”, dicen.
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Guillermo MartínezUn libro recupera las órdenes más llamativas dictadas por los regidores de la capital a lo largo de los siglos, bandos en los que se intentaba controlar el orden público, los abastos o las fiestasDe San Francisco a México, y de México a MadridTras un recorrido por la tienda, nos sentamos con ellos. Su historia ha recorrido medio mundo, también algunas de las firmas de moda más relevantes del planeta. Franklin, criado en Indiana, se trasladó a San Francisco y levantó allí The Organizer Guys, un estudio de interiorismo y organización de espacios. Santana nació en Ciudad de México, vivió en São Paulo y ha trabajado durante dos décadas como director creativo para firmas como Levi's, Dolce & Gabbana, Calvin Klein, Hackett London y Pepe Jeans. Se conocieron en San Francisco en 2013. “Desde entonces hemos firmado multitud de proyectos en común, siempre mezclando folclore, artesanía, arte, moda e interiorismo”, recuerdan. Hace cinco años se instalaron en Madrid.
Aquí encontraron a uno de sus principales interlocutores en la Fundación Casa de México, el espectacular espacio que hay en la calle de Alberto Aguilera. Para ellos han diseñado y organizado todo tipo de lugares, desde una exposición dedicada a la Virgen de Guadalupe —mano a mano con el Museo del Prado— a la museografía, el interiorismo y el visual merchandising de Artesanías Nómadas, un proyecto que se celebra dos veces al año y que reúne a una treintena de artesanos, de entre ocho y doce estados mexicanos. “Tengo la misión personal de unir más España y México, o España e Hispanoamérica, a través del diseño. Amo las tradiciones españolas y valoro y enaltezco las mexicanas”, declara Santana, ya casi un embajador de las diferentes culturas del otro lado del Atlántico.
Los dueños de la tienda Señoritos, Mariano Santana y Steven Franklin. (Abraham Rivera)
Cuando se le tira un poco de la lengua, se le nota fascinado por todo aquello que llama arte popular. “Creemos que hay una diferencia muy grande entre la artesanía como técnica tradicional, hecha a mano, y el arte popular, que es enaltecer los mitos, las leyendas y las tradiciones de las comunidades y de las familias en piezas contemporáneas”, se explaya. Una búsqueda que ha generado una red cada vez más tupida entre artistas, artesanos y diseñadores con los que interactúan.
Han colaborado con Aitor Saraiba —con quien realizaron talleres en México y un proyecto este año para el Museo del Traje—, con Raúl del Chano y con el ceramista vallisoletano José Antonio de la Calle. También mantienen conversaciones con el estudio madrileño Plutarco, con quienes están desarrollando otras iniciativas que exploran la modernidad del diseño español. “Huir del beige, huir del minimalismo, respetando la identidad propia, pero trayendo el color y las texturas”, rematan.
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Ahora mismo están preparando junto a Casa de México los altares del Día de Muertos que inundarán el Invernadero de Arganzuela, además de instalaciones para el Santo Mauro y un hotel Marriott de Canillejas. A todo esto hay que sumar sus trabajos junto a Cocol —la tienda enfocada en cerámica de la Costanilla de San Andrés, un vergel para todos los aficionados a la artesanía española— y el artista textil gallego Manuel Calvo, donde también están desarrollando otro altar de muertos. Y habrá que estar atentos a lo que anuncien a comienzos de octubre, cuando presentarán un libro de artista de quince ejemplares y catorce grabados que mezcla la iconografía de vírgenes españolas y mexicanas. Un must.
El Rastro, otra vezPor último, volvamos al lugar donde se han ubicado: El Rastro, que vive una época de esplendor, con nuevos locales que actualizan y dinamizan la zona, sin perder su carácter de barrio, pero, evidentemente, renovando las propuestas de lo que se entiende por diseño, mobiliario y artes aplicadas. “El barrio y la zona nos encantan, vivimos muy cerca, y queríamos algo que tuviera raíz, ligado a una cultura madrileña del objeto usado, la mezcla y el hallazgo”, explican. “Decidimos estar aquí porque forma parte del inicio del Rastro, de esta cultura de encontrar objetos, de contar historias. Queremos poner nuestra semilla en términos de diseño y continuar con la cultura local, pero también traer objetos que la gente probablemente no haya visto o no haya podido tocar”.
Espacio interior de la tienda Señoritos. (Abraham Rivera)
A su alrededor identifican una panoplia de locales diversos, pero todos ellos hermanados por una misma filosofía. En la calle del Carnero destacan Patinir, el proyecto de Andrea Bret dedicado a mobiliario y objetos antiguos atendiendo a su procedencia y pátina. Muy cerca trabajan los interioristas de Casa Josephine —la propuesta de Iñigo Navarro y Pablo López, que desde hace más de una década son referentes en lo que es acondicionar y dar vida a nuevos rincones— y Tailak, especializado en textiles, alfombras y cojines de un cierto aire árabe.
Y muy cerca los mencionados Cocol, que a pesar de los diferentes cambios que han ido teniendo, han sido capaces de impregnar con su forma de trabajar a muchos de los que han llegado después. O Churchill, que acaban de trasladarse a la misma calle que ellos, Santa Ana, y que representan lo mejor de la fotografía antigua y ese escarbar y rebuscar del Rastro. “Klouvi también nos encanta”, declaran. “Es increíble cómo trabajan con grabados de artistas españoles e internacionales”. Y de hace nada, Extra, en Lavapiés, un quiosco renovado, con publicaciones internacionales y que no para de realizar actividades de todo tipo.
“La comunidad del Rastro es muy específica, muy selectiva”, concluye Santana. “Hay comunidades alrededor que están tratando de hacer de nuevo cosas culturales. Lo importante es no desdibujarlo. Nuestra idea es sumar al enorme valor histórico, cultural y de diseño que Madrid y España ya tienen”.