A primera hora de la mañana, antes de que sus nuevos habitantes se levanten, el Trampolín huele a hogueras que todavía humean desde la noche anterior. Pero sobre todo, huele a orín y a sudor. Un olor intenso, físico, que parece haberse instalado en la arena para quedarse. Cuesta imaginar que esa playa vuelva a oler a otra cosa alguna vez.
Con la salida del sol arrancan los primeros ruidos. Audios en árabe saliendo de algún teléfono, a poco volumen. Alguien tosiendo al otro lado de una lona. Graznidos de gaviotas que se posan en los pocos parches de arena que todavía están libres. Ya no es una playa. Es un pasillo estrecho de plástico, cañas y cartón, cuerdas tensadas entre palos, ropa tendida que nunca termina de secarse.
Dentro de cada tienda hay algo parecido a un país. En una duermen cuatro personas sobre las mismas mantas desde hace semanas. Otros, se apuntalan parcelas y hasta decoran terrazas con plantas y flores. En otra, en primera línea de playa, siete: seis argelinos y un marroquí, apretados como en un vagón de metro en hora punta. Es en esta donde Nayib Abdullah, argelino de 26 años, señala a su amigo marroquí entre las mantas, dormido, ajeno a todo. Se hicieron amigos aquí, en Ceuta, dice. Con el resto de marroquíes del campamento, la cosa cambia. Nadie pregunta demasiado de dónde viene el vecino de al lado. Tampoco hace falta: se nota en el acento, en el idioma, en quién saluda a quién y quién mira para otro lado.
Con el sol, la humedad de la noche se reduce y la vida sale fuera de las tiendas. Colas para el reparto de comida. Chavales jugando al fútbol con una pelota medio deshinchada, ajenos a todo lo demás. Grupos pequeños, casi nunca mezclados entre sí. Cada uno está con los suyos, y no se fían “ni un pelo”, dice Nayib, de los demás.
Nayib Abdullah, junto a otro amigo argelino en la playa del Trampolín. Ambos cruzaron a Ceuta nadando 12 kilómetros, equipados con neoprenos y aletas. (P. P.)Vista desde fuera, esa línea divisoria podría confundirse con una frontera entre marroquíes y subsaharianos. No es así, o no del todo. La grieta más profunda parece correr dentro del propio Marruecos (también es el colectivo más numeroso): el norte contra el sur. Tetuán, Tánger y Castillejos, de un lado. Casablanca y Fez, del otro. En medio, los grupos de argelinos que no terminan de encajar en ninguno de los dos bandos.
A pocos metros de la de Nayib, hay una tienda del Decathlon, y entre las chabolas de cañas y plástico que la rodean parece casi un lujo. Pero huele igual de mal, incluso peor, y la comparten entre cuatro personas. Una de ellas es Hamza, nombre ficticio, que pide para proteger su identidad. Con un papel de Cruz Roja fechado el 29 de julio, asegura que llegó antes de que “ocurriera todo este desastre”. Cruzó de noche, entre las dos y las siete de la madrugada, nadando.
Chabolas improvisadas en el Trampolín. (P. P.)Tiene 19 años y es de Tetuán, pero dice que soñaba con venir a España desde pequeño. Es militar, y enseña unas fotos de él vestido con uniforme en un cuartel. Asegura que entró al ejército buscando una salida más ordenada que el resto de su vida, pero se supo de su “orientación sexual”. No dijo nada por miedo, sobre todo a su padre, muy religioso: "Si se enteraba, sería el fin de mi vida". Se enteró igual. "Desde entonces no quiere saber nada", cuenta. En Ceuta sigue buscando una organización que le ayude en este tema, sin éxito todavía. Igual que con el nombre, prefiere que no se publiquen las imágenes de él en el ejército. Asegura haber "desertado", y volver a Marruecos le produce un "miedo terrible por las represalias". De lo que pasa en el Trampolín, Hamza tiene una teoría sencilla: hay dos tipos de personas. "Los que quieren un futuro mejor y protección, y los que solo quieren ir por ahí cometiendo actos de violencia con alcohol y sus consecuencias." Él se sitúa a sí mismo, sin dudarlo, en el primer grupo.
De nuevo en la tienda de Nayib, el argelino cuenta cómo a su amigo de Marruecos le robaron el móvil en el CETI. Fue otro grupo de marroquíes, asegura. Uno de los argelinos de la tienda lo encontró después, reventado, tirado en un retrete. Desde entonces, Nayib Abdullah tiene una cuenta pendiente: "Como vuelva ese grupo, les voy a enseñar una lección”, sentencia. No los va a matar, aclara enseguida. Pero sí piensa "reventarles". Para él, su grupo son “racionales, pero el resto son bestias”.
Hamza, de Tetuán, posa en un retrato donde no se le reconozca, para el Confidencial. (Pedro Pascual)Historia de instagram de Nayib Abdullah, donde aparece haciendo flexiones en la Playa de Benítez. (Instagram)
Cuenta que es "boxeador", "campeón regional", "con estudios de Geografía"... Nayib cruzó el 17 de julio desde Castillejos, nadando doce kilómetros junto a un par de amigos. Lo acredita una historia en su Instagram, donde se le ve haciendo flexiones en lo que parece ser la playa de Benítez. Cuenta que pesaba 80 kilos. Ahora 70. Habla de su cuerpo como quien habla de una moneda que se ha ido devaluando. Con los subsaharianos del campamento, sudaneses, gente de Burkina Faso, de Malí, no tiene ningún problema. Con los marroquíes, "muchos".
Los de Casablanca tampoco es que sean especialmente diplomáticos con quienes vienen del norte: “Los de Castillejos, que hablan algo de español, se creen superiores, estoy harto”, cuenta Rachid, de 23 años. Su tienda está en la esquina de la playa, casi en las rocas. Se comunica a través del traductor de Google, porque solo habla árabe. Al preguntarle si ha tenido algún encontronazo últimamente, se levanta airado y muestra la oreja roja, con marcas de un golpe reciente: “Hace dos noches me quisieron robar unos argelinos. No lo consiguieron”, dice.
Un grupo de inmigrantes juega al fútbol en el Trampolín. (P. P.)El lugar es un polvorín. Las peleas son cada vez más constantes. Ese mismo día, la tarde de ayer, unos chavales salieron corriendo detrás de otro, pero el perseguido logró zafarse. En otro punto, un rato antes, saltó la noticia de que un inmigrante había sido herido con dos puñaladas.
Los subsaharianos ya casi ni se ven en la playa. Los primeros días de la invasión habían sido ellos quienes habían tomado el Trampolín, pero progresivamente los magrebíes les han ido quitando terreno. Hoy quedan pocos. Hamidou, 24 años, es uno de ellos. Original de Burkina Faso, espera poder acceder pronto a un campamento. Conoce gente de su país que ya está en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), pero por razones que no llega a saber explicar, sigue en la playa. Él opina lo mismo: “Cada día el ambiente es peor, más peleas”.
Ibrahim tiene 30 años y es el mayor de sus hermanos. Ha venido desde Tánger y habla bien español. Los primeros días tras su entrada a nado en España los recuerda cómodos: “Nos fuimos lejos, a las playas de San Amaro”, en los alrededores del monte Hacho. Explica que ahí podía dormir tranquilamente, y que no le molestaban. Pero el ejército los echó. “Desde esas playas es desde donde se cogen las pateras para ir a la península, por eso no podíamos quedarnos”, contextualiza. Confiesa que vivió una temporada en Bilbao, con un permiso de residencia, pero que cuando se le acabó tuvo que volver a Marruecos. “En esta maldita playa (el Trampolín) no se puede dormir, te despiertan con peleas a las dos de la mañana, a las tres, a las cuatro… Es imposible estar tranquilo”, dice. Aun con todo, ninguno de ellos tiene en sus planes regresar por donde ha venido, por la frontera del Tarajal.