“El sueño de una tierra en la que la vida sea mejor, más rica y más plena para todos, con oportunidades para cada persona según su capacidad o sus logros”. Así definió James Truslow Adams el sueño americano: una sociedad en la que las personas puedan desarrollar sus capacidades y obtener reconocimiento, independientemente de las circunstancias de su nacimiento.
Con el tiempo, esa promesa transformó al capitalismo estadounidense de solo un modelo económico a una identidad sostenida en el individualismo, la meritocracia y la movilidad social.
No obstante, los números empiezan a despertar a más de uno. Para el 2024, solo el 37% de los jóvenes que pagaban una renta tenían ingresos suficientes para comprar una vivienda. Cinco años antes, la cifra rondaba el 56%.
Con esto, la economía llegó a las elecciones intermedias de Estados Unidos como la principal preocupación del electorado. En una encuesta de Reuters/Ipsos realizada antes de las midterms, el 48% de los votantes registrados identificó el costo de vida como el asunto más importante para decidir su voto: no eran las normas democráticas —que preocupaban al 26%— ni la inmigración —que le pareció relevante solo al 13%—. Otra encuesta del Pew Research Center encontró que el 84% consideraba que la economía era el punto de inflexión para elegir.
Estos datos son una radiografía de lo que los estadounidenses esperaban de sus representantes. En política, saber a quién se le habla es fundamental: las aspiraciones y miedos de una sociedad determinarán qué promesas pueden convencerla.
Ahí el atractivo de Make America Great Again. Con este lema, Trump presentó la grandeza estadounidense como algo que existió y que todavía podría recuperarse. Y tenía claro quiénes eran los culpables de ese deterioro: la globalización, los inmigrantes y otros grupos que desplazaron a quienes “sí merecían prosperar”. MAGA traía de vuelta el gran mito unificador, aunque deshilachado.
Me parece que hoy esa promesa se le regresa a la cara como un bumerán. Una encuesta de AP-NORC realizada en septiembre encontró que el 69% de los estadounidenses consideraba que su desempeño frente al costo de la vida había sido peor de lo esperado. La opinión también la compartía el 52% de los republicanos encuestados. Además, el 65% atribuía los precios más altos a las políticas del presidente. Por su parte, Pew encontró que el 65% consideraba que las políticas económicas de Trump habían empeorado las condiciones del país. Un ínfimo 19% decía que las había mejorado.
Los resultados de las elecciones de Estados Unidos reflejan ese desgaste y abren una nueva etapa en el Congreso, ahora con mayoría demócrata. ¿Significa que a los demócratas les toca cumplir el sueño americano? En cierto sentido, sí: tendrán que demostrar que pueden responder a las expectativas económicas de quienes les dieron su voto. Pero la aspiración que los llevó hasta ahí no les pertenece en exclusiva.
Vivir en la economía más poderosa del mundo está muy bien, pero ¿qué posibilidades hay para prosperar dentro de ella? Republicanos y demócratas pueden discrepar sobre la inmigración, los valores o la democracia, pero comparten una expectativa: que trabajar y esforzarse todavía permita construir una vida mejor. Habrá que ver qué pasa si las condiciones siguen deteriorándose; el votante rara vez perdona los daños a su bolsillo.
Por supuesto, los resultados de las elecciones intermedias de Estados Unidos tendrán consecuencias para México en la política migratoria, el T-MEC y los aranceles. El alcance de esos cambios todavía está por verse.
Así, de cara a los resultados electorales en donde millones de estadounidenses lograron poner a la economía al centro de una ciudadanía polarizada para exigir que su país les permita prosperar, de este lado de la frontera vale la pena hacernos la pregunta incómoda: ¿cuál es el sueño mexicano que nos permitiría fijar un punto de encuentro en el 2027 para exigir en las urnas?