Héctor Zagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
El 27 de septiembre de 1821 entró el Ejército Trigarante a la Ciudad de México. Al día siguiente se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Aunque nos guste celebrar la independecia con un gran desfile militar, México terminó de separarse de España mediante una operación política, no por una victoria militar.
La guerra fue importante, por supuesto. Tanto que duró once años. Mucha sangre se derramó en el territorio mexicano y está claro que la independencia no bajó del cielo envuelta en papel sellado, pero el último tramo tuvo una naturaleza distinta.
Agustín de Iturbide entendió algo que otros no, la independencia necesitaba dejar de verse como una causa exclusiva de la insurgencia y representar una salida aceptable para antiguos realistas, élites criollas, el clero y una población cansada de la incertidumbre. El Plan de Iguala fue ese artefacto de conciliación. Independencia, religión y unión. Tres garantías, tes promesas, tres llaves para clausurar un conflicto que no se había resuelto por lo bélico.
Iturbide fue hábil. A los insurgentes les ofrecía la independencia. A los criollos, igualdad y reconocimiento político. A la Iglesia, preservación de la religión católica. A los españoles peninsulares, unión y protección, al menos en el papel. A los monárquicos, una corona. A quienes deseaban romper con España, una vía menos sangrienta para lograrlo.
En esa operación, los Tratados de Córdoba fueron decisivos porque reconocían la independencia bajo la forma de una monarquía constitucional moderada. Firmados el 24 de agosto de 1821 por Iturbide y Juan O’Donojú, los tratados no buscaban restaurar un absolutismo tropical con corona nueva pero modales viejos. La palabra clave está en lo ‘constitucional’. Habría trono, pero estaría acompañado de representación y leyes.
Iturbide fue coronado emperador el 21 de julio de 1822 en la Catedral Metropolitana y quien colocó la corona fue, nada más y nada menos, que Rafael Mangino, el presidente del Congreso. La propia ceremonia daba enorme visibilidad a los representantes de la soberanía nacional. Mangino representa una nación con límites impuestos por una constitución.
Por eso, cuando el 31 de octubre de 1822 decidió disolver el Congreso, Iturbide comenzó a perder la batalla moral y política que tan bien había sabido ganar un año antes. Al disolverlo, Iturbide dañó el corazón del pacto que lo había coronado.
El primer protagonista del México independiente terminó convertido en una gran paradoja, entendió cómo terminar la guerra, pero no supo vivir dentro de la política constitucional que su propio triunfo había hecho necesaria. Quizá hay algo qué aprender de eso. Pero ahora mismo no se me ocurre.