Desde primera hora de la mañana, corredores y ciclistas pasan por el camino terrizo que discurre paralelo al río Guadalhorce. Las zapatillas y las ruedas levantan polvo y, al otro lado de la valla que delimita el sendero, el terreno se abre a una parcela llana, desnuda de vegetación, en la que pocos reparan. Hace varias décadas, este suelo a escasos metros del trazado de la autovía de circunvalación se aplanó para plantar caña de azúcar. Este verano, la tierra ha vuelto a removerse, esta vez a manos de investigadores. Lo que hay debajo comenzó a aflorar por primera vez en 1965, cuando unos fragmentos de cerámica llegaron hasta el arqueólogo Juan Manuel Muñoz Gambero. Pertenecían al Cerro del Villar. Entonces nadie podía imaginar que sería uno de los yacimientos fenicios arcaicos mejor conservados del Mediterráneo occidental, ni tampoco que su estudio sería clave para entender el origen de la Málaga actual.
Pasadas las diez de la mañana, el viento sopla con fuerza en esta franja junto al barrio de Guadalmar, a los pies del polígono Villa Rosa y no muy lejos de las pistas del aeropuerto. Las ráfagas obligan al personal a recoger los toldos que protegen las cuadrículas, en las que se yerguen muros de más de un metro de altura y donde, tras tres semanas de campaña, ya se reconoce un entramado de edificios que ha sorprendido a los investigadores. “Tenemos que pensar en algo más de lo que hasta ahora habíamos pensado. Lo que creíamos que era solo un asentamiento, ahora vemos con claridad que es una ciudad, con viviendas de diferentes estatus y una amplia actividad artesanal e industrial”, asegura José Suárez, director de la excavación, sin perder de vista cómo su equipo sigue horadando el terreno con sumo cuidado.
Orgullosamente fenicios
Mariano VergaraAquí, junto al río, en el mismo lugar donde pasé muchos veranos de mi niñez y adolescencia, fundaron Malaca, posiblemente la ciudad más antigua del occidente mediterráneoAquella ciudad tuvo, eso sí, que rehacerse varias veces. En el siglo VII a. C., una gran avenida provocó el caos. La respuesta de los habitantes fue inmediata: elevaron los suelos y modificaron las construcciones para evitar que una nueva crecida volviera a causar los mismos daños. Pero el agua volvió con fuerza más tarde y con ella también un incendio. La forma aún no está clara —aunque la hipótesis más probable es otra gran riada—.
Lo que sí parece claro es que aquellos sucesos cambiaron el rumbo de esta antigua isla. La población se desplazó unos diez kilómetros hacia el este, en torno al Guadalmedina, el río que divide la ciudad de Málaga contemporánea. “Son estos eventos junto con la colmatación del entorno portuario del delta los que hacen a las principales familias trasladarse”, explica el profesor de Prehistoria del departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Málaga (UMA).
Trabajo de campo en el yacimiento esta campaña. (Cedida)El Cerro del Villar, en cualquier caso, no se abandonó. Quedó como área industrial y se mantuvo durante la época púnica, especialmente como centro alfarero, con hornos y una importante producción de ánforas y otros recipientes destinados al transporte de productos pesqueros, y más tarde como factoría de salazones en época romana. Todo ello ocurría al tiempo que el nuevo núcleo comenzaba a tomar forma en la zona que hoy abarcan la Alcazaba y el Museo Picasso, en pleno Centro Histórico. Allí comenzaría a configurarse Malaka, la precursora de la urbe de moda que hoy conocemos. “Esta fue la ciudad antes de la ciudad”, recalca Suárez, quien lleva cinco años al frente de la excavación de este enclave, que no duda en definir como “uno de los centros económicos más importantes del sur de la Península Ibérica en aquel momento".
Cerámicas griegas y etruscasLa afirmación no cae en saco roto. Los fenicios llegaron de Oriente, desde el actual Líbano, y fueron instalándose, atraídos por los recursos y las posibilidades comerciales de Occidente. Cuando fundaron el Cerro del Villar, hace más de 2.800 años, ya habían tejido una red marítima que conectaba puertos, ciudades y mercados. Las cerámicas encontradas en la isla dan buena cuenta de ello: junto a las producidas en la zona, que se exportaban, han aparecido piezas griegas y etruscas. Los investigadores también han podido conocer los usos y costumbres de esta civilización procedente de la antigua ciudad de Tiro con otros hallazgos, como un pavimento lleno de conchas que tenía sentido ritual, unos fragmentos de máscaras con rostros humanos o un huevo de avestruz que habría arribado a bordo de alguna nave.
Llegar hasta este punto no ha sido fácil. Las campañas arqueológicas se paralizaron durante décadas. Los primeros sondeos se realizaron en los años setenta, aunque no fue hasta 1987 cuando María Eugenia Aubet, catedrática de la Universidad Pompeu Fabra, dirigió varias contiendas que confirmaron la importancia de la colonia. Los trabajos se interrumpieron después y el Cerro del Villar quedó de nuevo olvidado durante años, hasta que la investigación se reactivó en 2021. Su buen estado de conservación y la facilidad de su suelo arcilloso para ser perforado son sus principales bazas para que las administraciones sigan brindando su apoyo: está considerado uno de los yacimientos de esa época mejor conservados y sus restos aparecen, en muchos puntos, a escasos centímetros de profundidad.
El secreto que se esconde bajo la calle Serrano de Madrid y pocos conocen: una réplica prehistórica que el Museo Arqueológico inauguró en 1964
Marina VelascoEste espacio subterráneo, inaugurado en 1964, reproduce parte del famoso techo de la Sala de los Polícromos de la Cueva de Altamira, situada en Santillana del Mar, Cantabria
En la nueva contienda arqueológica participan especialistas y estudiantes de las universidades de Málaga, Sevilla, Córdoba, Jaén y Cádiz, además de personal de la Universidad de Chicago, con el respaldo de la Junta de Andalucía, la Diputación de Málaga y el Ayuntamiento de Málaga. Las incógnitas a resolver están en las capas más profundas. La profesora Carolina López, representante de la universidad norteamericana, es la principal encargada de ahondar en esa cuestión.
“Estamos intentando llegar al siglo VIII a.C y, si es posible, al inicio del asentamiento”. A medida que avanzan, aparecen nuevos muros bajo los ya conocidos, una sucesión de construcciones que obliga a leer el terreno hacia abajo, estrato a estrato. "Parece un tell del Próximo Oriente por todo lo que está saliendo”, ilustra. La comparación con los típicos montículos de esta región histórica sirve para entender hasta qué punto se ha edificado y reedificado sobre el mismo lugar.
Voluntarios del Aula de Mayores de la UMA en la criba. (L.V)Estudiantes de grado y doctorandos pasan por las cuadrículas, la criba y el laboratorio, mientras algunos voluntarios del Aula de Mayores de la UMA comparten turno con ellos por primera vez. Cuando Blanca Martín, alumna de la Universidad Autónoma de Madrid, se acerca a la zona de cribado, los más veteranos enseguida le enseñan lo que acaba de salir: pequeños fragmentos de bronce, huesos, piezas de metal. Lleva tres años participando en la campaña, los dos primeros a pie de campo y este último encargada del inventario. Durante la visita se presta a hacer de cicerone para este periódico y va señalando los distintos sectores, explicando qué se ha encontrado en cada uno y quién trabaja allí. Los hallazgos más virtuosos son un ungüentario en perfecto estado, una cabeza de terracota femenina y una figura de un toro.
La jornada avanza entre paladas de tierra, bandejas de materiales y música que llega desde algún altavoz camuflado en el interior de una cuadrícula. Hay bromas, preguntas y piezas que pasan de unas manos a otras. En la zona de procesado de sedimentos están Juani Gallego y Francisco Aguilar, dos voluntarios que llegaron hasta aquí después de jubilarse. Gallego trabajó durante 43 años como funcionaria y se matriculó en la UMA, sobre todo, por su interés por la historia de Málaga.
“Es adrenalina pura”, dice sin soltar la manguera con la que rocía agua sobre los materiales para quitarles la arena mientras los mece en el cedazo. Aguilar estudió la licenciatura de Historia, se dedicó después a la enseñanza y se jubiló hace poco más de un año, tras medio siglo de vida laboral. Luego descubrió en Facebook que había posibilidad de apuntarse como voluntario y no lo dudó. “Verlo in situ es otra cosa”, dice ilusionado con lo que deparará el asentamiento, precursor de la Málaga de moda que hoy conocemos.