En Las kellys: nuestra lucha como camareras de pisos puedes elegir tu propia aventura. Quedarte con una historia 'bonita', casi ingenua, de cómo era la Costa del Sol a finales de los cincuenta y en los sesenta. También puedes atravesar océanos de lágrimas, en medio de una jungla de risas y sacrificios. O bien puedes quedarte en todo al mismo tiempo.

¿Quiénes forman parte de este colectivo? ¿Cuál es su lucha? Ahí un momento del libro que define muy bien lo que han sido o, más bien, cómo creían que las veían sus jefes (directivos y empresarios hoteleros), gobernantas (las jefas) y los clientes ("los que dicen que siempre llevan razón"). "Éramos las chachas y ahora nos hemos espabilado". Se cuenta en la página 21 de este volumen de 105 páginas que radiografía a las 'kellys' (las que limpian, las camareras de piso de los hoteles).

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Denuncian cómo la sobrecarga de trabajo que soportan las lleva a tomar pastillas, a no desear llegar al tajo, que solo el apoyo entre las compañeras ayuda a soportar la tarea. Y admiten que las bajas son normales, cada vez más habituales. Y lo explican: "Hay menos unión y la sobrecarga de trabajo y psicológica es excesiva. Yo lo veo como una forma de resistir. Al final, se está regulando el mercado con las bajas: a la gente la están reventando, así que se da de baja. Una mujer no puede hacer treinta habitaciones sola en pleno verano".

Continúan su relato: "Antes, nadie se daba de baja. Aunque fueras fija, ya podías estar arrastrándote, con fiebre, con neumonía, que tú ibas a trabajar. Estaba muy mal visto que te dieras de baja entre las compañeras porque, si tú no estabas, otra te tenía que hacer el trabajo”.

"Antes, nadie se daba de baja. Aunque fueras fija, ya podías estar arrastrándote, con fiebre, que tú ibas a trabajar"

Javier Hernández, vicepresidente ejecutivo de Aehcos, la patronal hotelera de la Costa del Sol, niega en declaraciones a El Confidencial que en la provincia malagueña existan 'kellys'. "Aquí no hay 'kellys', que sepamos. Eso es una iniciativa de un colectivo que se hacen llamar así para reivindicar su posición y conseguir jubilaciones anticipadas. Eso de las 'kellys' creo que es en Barcelona. No tenemos informes de eso".

¿Solo en Barcelona? ¿No hay 'kellys' en toda España? Aquí el ejemplo de Benidorm que este periódico radiografió con detalle en julio de 2022: el municipio turístico alicantino, la tercera ciudad de España en número de camas hoteleras tras Madrid y Barcelona, cuenta con unas 4.000 camareras y camareros de piso. La estacionalidad es clave. El Imserso ayuda y la proliferación del turismo extranjero, pero para ellas sigue habiendo meses de mucho trabajo y otros de menos.

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Sí, hay kellys en Benidorm. Y en Madrid. Y en Barcelona, también, donde están organizadas desde 2016. Todas las zonas turísticas españolas de relevancia cuentan con la representación de estas mujeres. La presidenta de la asociación Kellys Unión Málaga, Mari Trini Jiménez, ha sido una de las impulsoras de este libro editado por la librería Suburbia de Málaga, ubicada en la zona de Lagunillas, una de las últimas zonas del Centro de Málaga que quedaba por gentrificar.

Jiménez escribió una primera historia en su página de Facebook. Gustó a su grupo de amigas y conocidas, y recibió el apoyo para que publicara más. La obra describe cómo el trabajo ha ido empeorando con el paso de las décadas. "Las que empezaron cuando tenían 14 años no estaban mal. Es verdad que la jefa o los dueños de los hoteles se sentían muy superiores a nosotras, nos consideraban incultas porque no teníamos estudios superiores, pero el trato era familiar, se lo pasaban genial y el rato que tenían libre se iban a la playa a comer".

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"Estábamos muy mal vistas las mujeres de los hoteles: en general todas las mujeres que trabajaban fuera de casa, pero más aún las de los hoteles. Se nos consideraba «ligeras de cascos». Así que en casa nos decían: «tú no digas que eres camarera de piso». Pero para nosotras era un juego y ganábamos bien", dice.

Empresas externas

El coste de la vida era más bajo y el sueldo les cundía. El salario rondaba en 1974 las 7.000 pesetas, pero en un fin de semana podría llegar a 14.000 pesetas de propina, que estaba vinculada al trato con la clientela y "la gracia que cada una tuviera". Pocas tenían estudios, pero defendían su trabajo. "Sabíamos ser educadas, limpias, detallistas. Los clientes en aquellos años tenían mucho poder adquisitivo y si les tratabas bien, si dabas un buen servicio, el buen cliente te lo iba a agradecer, te lo iba a recompensar".

El caso de María Trinidad Jiménez, cuyo sueldo no sobrepasaba en 2018 los 1.300 euros netos tras más de 25 años trabajando, es mejor que el de sus compañeras que trabajan para empresas de servicios externas donde el salario se reduce de manera considerable. "Si estás en un hotel perteneces a la plantilla y al comité de empresa. Si no lo eres, te consideran un bicho raro", admite.

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Uno de los motivos por los que a veces los clientes ven a las 'kellys' tranquilas es porque corren para que el cliente no se queje de que le hacen la habitación tarde. "A lo mejor la haces pronto y mal para que no ponga mala cara, y terminas antes de tu hora y luego puede que te sobre tiempo". Los clientes extranjeros suelen comen más temprano y luego quieren echarse una siesta.

Una de las características de ser una buena camarera de piso es conocer al huésped, estar pendiente de sus salidas: si quiere echarse la siesta, si quiere ver la tele a una determinada hora, si son de los que se van de excursión… "Tienes que hacer un cálculo de qué habitación haces antes para que no se quejen de que no se la limpias", se relata en el libro.

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"Si protestamos, nos suelen decir '¿Pero de qué os quejáis, si tenéis el mismo número de habitaciones?'. El problema también es que aumentan las necesidades de limpieza, los detalles y el mantenimiento de las habitaciones, pero no aumenta el personal. El ambiente laboral es terrible".

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La gobernanta y la subgobernanta van por objetivos, que se fijan en reuniones semanales, donde se valoran pros y contras y se revisan los cuestionarios de satisfacción de los clientes y las reseñas de redes sociales... La presión que reciben ellas de los jefes de departamento o de la recepción se trasladan a las camareras de piso. "Somos el punto más débil", confiesa.

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"Desde que entran por la puerta, ponen cara de malas para no darnos pie a que les digamos nada. Muchas van directamente 'con el látigo' y se dedican a atemorizar. Abundan los abusos de poder, hay mucha mala leche e individualismo. Estamos todas atomizadas por sectores, mientras que los cargos directivos van a una. Ellos comiendo juntos en sus restaurantes y nosotras sin pausa siquiera para darle dos mordiscos a nuestro bocadillo".

Esa es su realidad y lo han contado.