Este fin de semana, Estados Unidos escenifica el ritual clásico del cierre de campaña. Hay mítines de última hora en Kansas y en Iowa, voluntarios que tocan puertas en Virginia y en Michigan, candidatos afónicos y pronósticos de cierre. La puesta en escena sugiere que todo se decidirá el martes 3 de noviembre. La realidad es distinta. Una parte importante de esta elección ya ocurrió.

Al cierre del viernes, casi 50 millones de estadounidenses habían emitido su voto anticipado, en persona o por correo, de acuerdo con el Election Lab de la Universidad de Florida. Ohio rompió su récord de voto adelantado para una elección intermedia, Georgia superó lo registrado en 2022 y Texas cerró su periodo con más de 6 millones de sufragios. Hay además un dato que en México deberíamos mirar con atención. El voto hispano anticipado en Texas rebasó ya los niveles de 2022 y también los de 2024, cuando hubo la elección presidencial.

El segundo rasgo de esta víspera es la paradoja del protagonista. Donald Trump no aparece en ninguna boleta y, aun así, pidió a sus simpatizantes votar como si él estuviera en ella. El electorado parece haberle tomado la palabra, aunque el resultado parece ser en sentido inverso a lo que él esperaba.

En la encuesta final de la Marist, una de las encuestadoras de mejor fama en la Unión Americana, los votantes probables afirman, por un margen de dos a uno, que su sufragio es un voto en contra del presidente y no a favor. La aprobación del presidente ronda el 38 por ciento, el piso de su segundo mandato, y apenas uno de cada cuatro estadounidenses avala su manejo de la economía. La inflación repuntó, la guerra con Irán se prolongó y el costo de la vida se consolidó como la preocupación dominante, la misma que hace un año catapultó a los demócratas en Virginia, Nueva Jersey y Nueva York.

El tercer rasgo es dónde se mide hoy la expectativa. Más que las encuestas, los mercados de predicción se convirtieron en el termómetro de esta elección. En Kalshi, los operadores asignan 92 por ciento de probabilidad a que los demócratas recuperen la Cámara de Representantes y cerca de 70 por ciento a que ganen también el Senado. El escenario que descuentan como más probable no es un Congreso dividido, sino una barrida demócrata de ambas cámaras.

Lo del Senado es lo verdaderamente sorprendente. El mapa de este año se consideraba favorable a los republicanos, pues los demócratas defienden 13 escaños contra 22 del oficialismo. Aun así, Kansas aparece en empate técnico y en Texas, que no elige a un senador demócrata desde 1988, el favorito es el demócrata James Talarico. Si algo así se confirma, estaríamos ante una ola comparable a las de 2006 o 2018.

La advertencia de rigor es doble. Encuestas y mercados se han equivocado antes, y el voto presencial del martes, que en los últimos ciclos ha favorecido a los republicanos, todavía puede mover la aritmética.

A la incertidumbre estadística se suma otra de carácter institucional. Trump ha pasado meses cuestionando el voto por correo y demandando a decenas de estados por sus padrones electorales, mientras la oposición, con Kamala Harris al frente de la gira de cierre, pide una participación tan abundante que vuelva irrelevante cualquier disputa. El martes no solo se contarán votos. También se pondrá a prueba la confianza en el conteo mismo.

¿Y para México? La tentación es mirar solo el tipo de cambio. El peso llega frágil a la semana electoral, con el dólar rondando los 18.78 pesos y con decisión de Banxico el jueves. Sin embargo, bancos como UBS consideran que el resultado ya está incorporado en los precios y que lo relevante será el curso de la negociación comercial.

Ahí está el punto de fondo. Los aranceles que hoy duelen a la economía mexicana, el 50 por ciento al acero, al aluminio y al cobre y el 25 por ciento al contenido no estadounidense de los autos, son decisiones del Ejecutivo amparadas en la Sección 232. Una mayoría demócrata puede votar en contra, y de hecho Hakeem Jeffries promete llevar al pleno, en las primeras cien horas de un eventual control de la Cámara, la cancelación de los aranceles y la devolución de la autoridad comercial al Congreso. Pero una ley así enfrentaría el veto presidencial, y superarlo exige mayorías de dos tercios que nadie tendrá.

Por eso el Council on Foreign Relations anticipa que, incluso con una derrota republicana, no habría un giro inmediato en la política comercial estadounidense.

Lo que una mayoría opositora sí obtiene de inmediato es poder de supervisión. Comités con capacidad de citatorio, control de la bolsa presupuestal y el fin de los megapaquetes fiscales aprobados por mayoría simple, un detalle que importa a México cuando los temas de frontera y seguridad se financian y se fiscalizan desde el Capitolio.

Lo que sí cambia es el calendario y la política alrededor de la mesa. La cuarta ronda de la revisión del T-MEC se pospuso y se quedó sin fecha, a la espera, precisamente, del resultado electoral. México busca un acuerdo interino que reduzca a 15 por ciento los aranceles al acero y a los autos, y el secretario Ebrard sostiene que la revisión puede cerrarse antes de que termine el año, aunque The Wall Street Journal reportó que la negociación se atoró por la resistencia del secretario de Comercio, Howard Lutnick.

Un presidente debilitado tendrá el miércoles dos rutas frente a esa mesa. Puede buscar una victoria rápida y cerrar el acuerdo con México para mostrar resultados, o puede replegarse al terreno donde no necesita al Congreso, que es justamente el de los decretos arancelarios, la frontera y la seguridad. Ambas rutas son plausibles y conviene que México se prepare para ambas.

Hay, por último, una referencia histórica que no debe perderse de vista. La vez anterior en que los demócratas le arrebataron la Cámara a Trump, en 2018, terminaron reescribiendo el capítulo laboral del entonces flamante T-MEC como condición para ratificarlo.

Hoy, el tratado vive en revisiones anuales rumbo a 2036, de modo que la de 2027 transcurriría junto a una Cámara demócrata con agenda propia en materia laboral y de contenido regional.

La elección que ya ocurrió no moverá los aranceles el miércoles por la mañana.

Lo que abre es la negociación que todavía no ocurre, y esa sí puede definir el rumbo económico de México en los próximos años.