El rey Felipe VI ha defendido la necesidad de cuidar la democracia y sus instituciones para garantizar la convivencia durante su discurso en la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2026, celebrada en Oviedo. "La democracia requiere de un compromiso diario, cívico y exigente, de un cuidado de sus formas e instituciones", ha afirmado el monarca, que ha reivindicado también el valor de la experiencia y la paciencia.

El Rey ha recordado que la democracia no se agota en las elecciones, sino que exige una implicación constante de los ciudadanos. En referencia a las próximas citas electorales, ha subrayado la "altísima responsabilidad" de los votantes a la hora de definir la orientación política del país y ha defendido la búsqueda del bien común como una vía para equilibrar los intereses de la sociedad.

Felipe VI ha vinculado este compromiso con el legado de la Transición, que ha definido como un proceso basado en "la generosidad y en la altura de miras" que permitió pasar "pacífica y admirablemente de la dictadura a las libertades". También ha destacado el papel de la Constitución de 1978, capaz, según ha señalado, de acoger a todos los españoles sin distinción.

El Rey ha defendido el valor de la experiencia, el esfuerzo y la constancia en un mundo marcado por la rapidez de la información y el avance de la inteligencia artificial. Felipe VI ha recurrido a una cita del escritor Leopoldo Alas, 'Clarín', para destacar la importancia de la experiencia como fuente de aprendizaje: "Las lecciones del mundo están escritas en un idioma del que no se puede traducir nada; el de la experiencia". En su opinión, los premiados representan ese proceso en el que el talento se transforma en resultados gracias al trabajo constante y a la dedicación.

Leonor reivindica la esperanza frente al desencanto: "Hay cosas que merece la pena defender"

S. D.La heredera al trono ha reflexionado en su intervención sobre los desafíos de las nuevas generaciones y ha defendido la importancia de la cultura, la ciencia y el conocimiento para comprender el mundo y mantener la confianza en el futuro

Felipe VI ha cerrado su intervención agradeciendo a los premiados su contribución a la sociedad y destacando cómo sus trayectorias demuestran "lo alto que puede volar la inteligencia cuando va unida al esfuerzo, a los valores y a la creatividad".

Discurso íntegro del Rey

Es una alegría estar de vuelta en Asturias. Estos premios, ya por sus 46 ediciones, han adquirido la cadencia serena de las cosas bien hechas, pero sin renunciar a la novedad: siempre hay algo que nos sorprende.

 

Gracias a todos por acompañarnos, a la Fundación por hacerlo posible y, a los Premiados, por el tiempo que nos han dedicado en estos días de inmersión asturiana. Y es un orgullo

—me permitirán confesarlo— ver cómo Leonor, la Princesa de Asturias, sigue dando pasos firmes como Presidenta de Honor de la Fundación, mientras se forma y acumula experiencias valiosas en su aprendizaje vital, como hace también la Infanta Sofía.

 

La Princesa ha glosado los méritos de nuestros premiados, y a mí me gustaría añadir alguna reflexión final. Y permítanme que comience —estando sobre este escenario— por la figura de Leopoldo Alas “Clarín”, que impulsó la construcción del teatro Campoamor y de cuyo fallecimiento se cumplen 125 años.

 

Dijo Clarín: “Las lecciones del mundo están escritas en un idioma del que no se puede traducir nada; el de la experiencia”. La frase define con justicia —me parece—, el rasgo que comparten, año tras año, nuestros Premios Princesa de Asturias: una rica experiencia de aprendizaje. Una experiencia que no se puede transferir ni explicar; sino sólo vivir; y que al cabo de nuestro periplo vital será nuestro gran patrimonio.

 

Es importante subrayar esta idea —el valor de la experiencia— en un mundo que marcha al dictado del bombardeo informativo y la agregación masiva de datos. Un mundo en que la Inteligencia Artificial a veces nos parece —por eficaz e inmediata— más fiable que la humana. Nuestros premiados desarman esa impresión: sus logros, vividos y trabajados hasta la médula, demuestran que sólo con esfuerzo y constancia puede el talento convertir su potencial en realidades tangibles y duraderas.

 

El proceso, casi artesanal, que va del “yo” a la sociedad, del potencial al resultado, requiere tiempo. A veces desemboca en una gesta deportiva, en una gran novela, en un hallazgo científico o en un teorema que explica mejor el mundo; aquello que muchos, la mayoría vemos como casi inalcanzable. Pero no siempre sucede así: a menudo resulta en algo, sencillamente, bien hecho; una obra útil para la sociedad. Y cuántos millones de personas hay a los que —de manera anónima— debemos esa dedicación, callada y humilde, a lo bien hecho…

La inteligencia artificial —o su evolución futura, la llamada superinteligencia (SI)— ha demostrado con creces que puede absorber todo el conocimiento humano y devolverlo sintetizado con una inmediatez asombrosa. Pero cabe preguntarse si sería capaz de algo muy distinto, casi contrapuesto: de aprender a través del tiempo, del paso del tiempo, conciliando gradualmente —como hacemos los seres humanos— el conocimiento con ese necesario aprendizaje moral que sólo nos pueden dar la edad, la consideración por los demás y la experiencia.

La moraleja de todo ello es que necesitamos darnos tiempo. Tiempo para obtener resultados, para lograr objetivos, para llegar a metas; y necesitamos paciencia, también, como sociedades; sobre todo, en este mundo de aceleración tecnológica. Tenemos mucho que ofrecer y que ofrecernos. Démonos tiempo, démonos confianza, para llegar a la mejor versión de nosotros mismos.

 

También requiere tiempo, en una sociedad madura como la nuestra, el ejercicio de la democracia. No se agota en unas elecciones como las que pronto viviremos, donde los ciudadanos tendrán, una vez más, la altísima responsabilidad de definir la orientación política de nuestro país. La democracia requiere de un compromiso diario, cívico y exigente, de un cuidado de sus formas e instituciones, para seguir garantizando nuestra convivencia, para alumbrar esa búsqueda del bien común que atienda y equilibre —del mejor modo posible— los legítimos intereses de todos los ciudadanos.

 

La democracia, en definitiva, es también una experiencia, un aprendizaje. Y hemos aprendido mucho en las cinco décadas que ya median entre la aprobación de la Ley para la Reforma Política y la actualidad. Fue un proceso complejo, basado en la generosidad y en la altura de miras: La Transición, que nos permitió nada menos que pasar pacífica y admirablemente de la dictadura a las libertades. Un proceso cimentado en una Constitución

—la nuestra de 1978— capaz de acoger a todos los españoles sin distinción alguna. Y un camino que sigue adelante, que se renueva año tras año; que nos obliga a todos a ser humildes, a mantenernos alerta, a renovar también —como ciudadanos— nuestra constante voluntad de aprender y mejorar.

 

Señoras y señores,

Comencé con Clarín y quiero terminar por otra cima de nuestras letras, de cuyo fallecimiento se cumple —también este año— un aniversario (40 años). Me refiero al gran Jorge Luis Borges. En cierta ocasión, siendo ya muy anciano, le preguntaron por el oficio de escribir. Y él respondió “escribir es soñar; y uno tiene que tratar de soñar sinceramente”.

Son palabras útiles, me parece, para cualquier oficio y actividad humana. La sinceridad en lo que hacemos, queremos, anhelamos e imaginamos: ese es el requisito esencial para culminar nuestro aprendizaje, para que los esfuerzos den fruto, para tener —al final del camino— algo valioso que devolver a la sociedad. Y nuestros premiados nos lo demuestran. Nos dan ejemplos excelentes de hasta dónde puede llegar una vida, una trayectoria, un proyecto de creación o investigación, cuando se viven con sinceridad; una sinceridad que nunca podrá alcanzar, por sí solo, un algoritmo.

 

Estos premios son el testimonio de nuestra admiración y de nuestra gratitud: gracias a todos ellos por renovar nuestro ánimo, por demostrarnos lo alto que puede volar la inteligencia cuando va unida al esfuerzo, a los valores y a la creatividad. Es decir, al espíritu humano.

 

Muchas gracias.