​Cuenta mi padre, con una ocasional y cansina devoción en los vermuts, el chiste del pastor al que un tren de mercancías le revienta las ovejas en plena trashumancia. El pobre tipo, solo armado con su cachava e incapaz de enfrentarse a la titánica máquina, recoge los restos de los pobres ovinos mutilados antes de regresar a su chamizo. Días después, el pastor baja al pueblo. Acaban de abrir una encantadora juguetería, donde un trenecito a escala da vueltas tras el escaparate. Endemoniado, el pastor alza su cayado, destroza la vidriera y le atiza gayatazos al pequeño ferrocarril hasta dejarlo hecho pedazos. Sale el juguetero berreando improperios hasta que, delante del ovejero, le pregunta: "¿¡Pero qué está haciendo usted, loco!?", a lo que el pastor, satisfecho, responde: "A estos hay que enseñarles desde pequeños".

​El último informe PISA ha presentado unos escalofriantes resultados en cuanto a comprensión lectora. Los bisoños no solo no leen por hábito; no entienden o no saben lo que están leyendo. Lo cual es grave de narices porque una sociedad donde, de forma general, a las próximas generaciones se les pueda dar gato por liebre con cualquier sintagma, es una sociedad de esclavos involuntarios. La peor forma de esclavo, si me permiten, pues no se revoluciona uno contra aquello que desconoce, incluso si condiciona su existencia.

​Por eso, a la manera del pastor del chiste, a los niños hay que mostrarles los goces de la lectura "en de pequeños". Y una pistonuda forma de abrir boca, de dejar a los taninos de la literatura imprimir su sabor en el paladar hasta crear ese retrogusto que nos empuja a regresar a la palabra escrita (menuda metáfora vinícola, oye), es leer la ciudad en la que viven. He dicho bien, leer, sin preposición, porque una ciudad se lee como si fuera un cuento, nuevo, cambiante, según quien firme el relato. Lo que se come se cría, confiemos.

​Madrid para los niños

​Madrid es esa enorme ciudad que no se desacostumbra a vivir. El trajín se enreda con las especulaciones ambiciosas de sus habitantes, que siempre dejan recados increíbles para maravillarse por sus calles. Son los efectos, por una vez positivos, de la masa. Su pluralidad e incombustible energía. Una efervescencia que transita no solo el mundo de los adultos, sino también el de los niños. Y hay quien, consciente de ello, decide redefinir la realidad de la capital mirándola con otros ojos; unos más despreocupados, fascinados y curiosos, lejos de la cretinez madurada. Incluso se atreven a convertirlo en palabras para que los niños puedan dar rienda suelta a sus instintos. Al caviar de esas ensoñaciones todavía no contaminadas por la responsabilidad y el cinismo que, tarde o temprano, acabará dominándolos.

​Huelga decir que la ciudad de Madrid no empezó a describirse como una maraña de prisas y gentrificación desaforada ayer mismo. El trasiego ha sido su característica desde que se ungió en capital del reino, allá por el siglo XVII. Un elemento característico que autoras como Gloria Fuertes supieron absorber para crear un puente entre ese frenetismo y la fantasía que caracterizó su literatura.

Anatomía de un derrumbe: qué hay detrás de la debacle del informe PISA (y de la educación española)

Cristina DolzLos últimos resultados abren un intenso debate sobre las dificultades que atraviesan las aulas españolas. Docentes y expertos analizan a qué se debe y cómo subsanarlos

​Fuertes entendió pronto que el urbanismo de la Villa era un decorado privilegiado donde hacer cabriolas si se calzaba uno la mirada adecuada. De ahí que en su vocación de darle valor a la mirada infantil con la que se siente ligada, no quisiera, por ejemplo, explicar el tráfico a los chavales con cansinas normas de seguridad vial. Su propuesta fue poética y directa, despojando de su humana y manifiesta agresividad interpretándolas desde la fabulación animal. Como en su genial poema "Poesía de los niños", donde transfigura el centro urbano en un safari que exige precaución a quien lo habita:

​“No crucéis atolondrados, / mirad bien a los lados. / Si se escapa la pelota, / párate en seco. ¡No cruces! / Te puedes caer de bruces, / y en la selva del asfalto / los tigres son autobuses / y los leones son los autos. / No quiero meterte miedo / porque yo os quiero valientes / -valientes, inteligentes-, / solo quiero recordaros / que los coches tienen dientes”.

​Esa capacidad para humanizar y domesticar la ciudad, al tiempo que se dirige a los niños, alcanza su cima cuando mira hacia las alturas de la arquitectura madrileña. En "Una de gatos", la autora no sitúa la acción en un paisaje abstracto, utiliza los tejados de zinc, las buhardillas y la emblemática Casa de las Siete Chimeneas de la Plaza del Rey para construir una mitología al alcance de los pequeños, narrando cómo:

​"La gata y el gato tuvieron amistad/ Y tuvieron gatitos, no faltaba más./ Siete gatitos tuvo Timotea/ al calor de las siete chimeneas./ Y Pirracas fue el gato más feliz/ de los castizos tejados de Madrid".

​El valor de Gloria Fuertes radica en que no escribió de Madrid con la vocación de una institutriz de geografía. Fuertes diseñó un mapa afectivo con el que los niños se sintieran interpelados y motivados para revisitar la ciudad desde el filtro de sus fantasías. Para la poetisa, una esquina de Lavapiés, un puesto de castañas en invierno o un banco en Argüelles eran escenarios con entidad mágica.

​Afortunadamente, esa estirpe de cronistas no se extinguió cuando la poeta de la corbata cerró el chiringuito y se fue con su poesía a otra parte. La tradición de moldear la capital a través de la literatura infantil —más referido el calificativo al momento de acceso a estas lecturas, no tanto a que limite su exclusividad a tal etapa— cuenta con pilares fundamentales que han enseñado a distintas generaciones a descifrar sus calles.

​Si bien anterior a Fuertes, no debería obviarse una mención en esta narrativa a Elena Fortún, creadora de Celia, el personaje que revolucionó la literatura infantil española en los años treinta. En libros como Celia, lo que dice (1929), Madrid no solo es parte del decorado, se convierte en el gran escenario donde la protagonista colisiona con el mundo burgués de los adultos. Fortún describe con minuciosidad pedagógica el Madrid de la época a través de los ojos de una niña de siete años: los paseos matutinos con su niñera por los senderos arbolados o las tardes de deslumbramiento ante los escaparates iluminados de la Gran Vía. La genialidad de Fortún consistió en dotar a Celia de un pensamiento crítico e ingenuo a la vez, capaz de transformar la solemnidad de la ciudad en un espacio más libre de juego y cuestionamiento.

Gloria Fuertes, escritora, sobre la vida: "Atrévete a ser diferente porque la vida es demasiado corta para ser igual"

S. G. La escritora sostenía que la felicidad también puede encontrarse siendo una misma

​Seis décadas después, Elvira Lindo tomó ese mismo testigo del costumbrismo infantil, pero haciendo una traslación radical de la geografía urbana. Cruzó la M-30 para situar la literatura de los más pequeños en la periferia obrera con la saga de Manolito Gafotas (1994). Si la literatura infantil solía llevar a los niños a los grandes parques históricos o a los palacios del centro, Manolito situó el epicentro del universo en Carabanchel Alto desde su célebre arranque: "En Carabanchel, que es mi barrio, por si no te lo había dicho, todo el mundo me conoce por Manolito Gafotas". A través de sus páginas, el descampado lleno de jaramagos, el Parque del Ahorcado, la terraza del bar del barrio o el autobús urbano adquieren una dimensión épica y jocosa.

​En la literatura infantil más reciente, esta exploración de la ciudad ha tomado el camino de la fantasía cotidiana a través de autores como Pedro Mañas, una de las voces más premiadas de la narrativa infantil actual. Lo mismo que la divulgación ilustrada es también una de las características que han acompañado siempre a esta literatura, y de entre la que podemos citar a autores e ilustradores como Fernando Lalana o la escritora e ilustradora Marta Sanmamed. Estos creadores se han especializado en desmontar el tono académico y pesado con el que suele enseñarse el patrimonio a los más pequeños.

​La guía infantil de Madrid de Lucía Martín

​Hoy la batalla de la literatura infantil se pelea en plazas bastante más demoledoras de la imaginación y el impulso de conocer la ciudad desde el ensueño que cuando Gloria Fuertes habló de las "selvas de asfalto". El sedentarismo digital y la miopía del adulto empantanado en la pantalla, vicio tantas veces compartido con los niños a fin de evitar berreos y violaciones al necesario descanso de los padres, ha degradado la aventura de visitar la ciudad con las lentes de la mitología y la invención. Porque nos haría bien recuperar, de vez en cuando, esa ternura inocente de la que disponen los más pequeños.

Portada de la Guía Infantil de Madrid, de Lucía Martín.

​Y ahí es donde entra en juego la educación en paralelo. Esa literatura que no solo educa al retoño, también le propina un sopapo pedagógico al progenitor. Un ejemplo preclaro de esta resistencia de papel y callejero lo firma la periodista y escritora Lucía Martín con su Guía infantil de Madrid (Almuzara), ilustrada por Amparo Duñaiturria. Una obra nacida al calor de un proverbial pateo por la ciudad, en este caso con la prole de la autora y descartando el anestésico de la pantallita.

​Según la autora, "La idea original era una guía para niños a partir de 6-7 años hasta los 11-12. Cosas que hacer con los niños, además de información sobre ellas con un tono desenfadado. La idea no es que aparques ahí a tus hijos, sino que tengas una experiencia y compartas este rato con ellos". Además, afirma Martín: "Es una guía para padres y madres que quieran que sus hijos tengan la cabecita un poco más abierta. Si tú crees que a tu niño lo que mejor le va a venir es llevarlo al centro comercial el fin de semana, pues esta no es tu guía", advierte la periodista y escritora.

​Sin embargo, la obra de Martín no comulga con la habitual condescendencia de la oferta cultural para menores, donde impera un lenguaje simplificado: "A mí no hay cosa que me moleste más que los libros dirigidos a niños que parece que los niños son tontos... Los niños son niños, pero no por ser más pequeñitos en altura y en experiencia son tontos, solo hay que adaptarse un poco a su visión".

​"Madrid está lleno de cosas bonitas", asegura la autora de esta Guía infantil de Madrid. "Lo único que hay que hacer es prestar atención e intentar redescubrir la ciudad... Lo primero es levantar la vista del móvil, porque si no, no vas a ver nada". Las distracciones no han parado de sofisticarse con los años, en especial en teléfonos y cacharritos, pero la falta de atención de los niños ha sido una constante desde Platón. Y no debería achacarse solo al desarrollo tecnológico problemas que están directamente ligados al aprendizaje. Una cojera educativa que obras como la de Lucía Martín aspiran a corregir.

El lado más personal de Elvira Lindo: de su marido, Antonio Muñoz Molina a sus hijos, la oferta para ser ministra y Manolito Gafotas

Alexandra BenitoDesvelamos la faceta más familiar de la escritora. Su infancia viajera, sus mudanzas o su matrimonio con otro conocido escritor. Además de la oferta que rechazó a Pedro Sánchez

​Y no se piensen que lo que se propone es siempre a costa de vaciar el bolsillo. No vale el argumento de que quedarse en casa es más barato. "Madrid es muy cara... Pero hay muchos planes que son gratis, y que mucha gente no lo sabe. Hay un montón de planes, por ejemplo en Buitrago del Lozoya, en el Parque Juan Carlos I o en el Planetario, que valen cero euros y que te permiten contar historias y disfrutar", como puede leerse en las páginas de la obra.

​El proyecto de Martín busca también superar las resistencias de los adultos, ya que "A veces nosotros tenemos muchos más prejuicios que los niños. Si les propones probar cosas diferentes, como comida no convencional, responden sin las barreras o el miedo que los adultos asumimos que van a tener. Eso se ve en el potencial de los cuentos y en los mundos que llegan a idear".

​Al final, el objetivo es transformar al niño en un sujeto activo del recorrido por la capital, usando su imaginación y esa tendencia al maravillamiento para ver un Madrid distinto. "La idea es que el niño no sea un mero acompañante, sino que participe de la experiencia; que sienta que también puede decidir, opinar y aportar planes en su día a día o en una visita a la ciudad". Esta perspectiva permite recuperar la capacidad de asombro, pues, como concluye Martín: "Los niños están ávidos de experiencia y son como un lienzo en blanco; van mirando la calle de otra manera. Es una mirada que los adultos casi hemos perdido, pero que deberíamos recuperar para ver la ciudad con otros ojos". Y para que sean capaces, llegado el momento, de regresar a la fascinación que da la literatura ligada a la ciudad, conviene enseñárselo, como diría el pastor del principio: "en de pequeños".