El año pasado fue desalentador comprobar que muchos de los trabajos que les pedíamos a los estudiantes estaban elaborados, en parte o en su totalidad, por una inteligencia no humana. Y lo peor fue aceptar que en muchos casos no podíamos demostrarlo

España se desploma en PISA y los alumnos tienen "dificultades" con textos de más de 400 palabras

Cada nuevo curso se abre como una ventana de posibilidades. Los docentes somos alfareros pero, en vez de arcilla, nuestra materia prima son unos estudiantes que se dejan modelar. Aprender es avanzar hacia un punto de no retorno que de repente permite ver algo de un modo muy distinto. Este curso académico, además de la ventana de oportunidades, surge también con una gran preocupación: la Inteligencia Artificial.

El año pasado fue desalentador comprobar que muchos de los trabajos que les pedíamos a los estudiantes estaban elaborados, en parte o en su totalidad, por una inteligencia no humana. Y lo peor fue aceptar que en muchos casos no podíamos demostrarlo y teníamos que enfrentarnos a unos alumnos que lo negaban y, por supuesto, también a unas familias que los defendían. Esa necesidad de verificación despertó en los docentes un sentimiento de desconfianza y de frustración, pero también lo generó en unos estudiantes que se angustiaban porque un trabajo demasiado bien hecho podía ponerse en entredicho.

Los resultados de PISA muestran una enorme caída de las habilidades lingüísticas y de comprensión lectora en los estudiantes de secundaria. Tampoco es ninguna sorpresa. Lo que el informe también sugiere es que un porcentaje altísimo de estudiantes emplea la IA para resumir textos y hacer trabajos escritos. Me despierta muchas dudas que esa forma de trabajo, la ausencia de selección de información y la renuncia de la creación, pueda consolidar habilidades como la lectura y la escritura.

¿La IA ayuda a ganar tiempo o simplifica los aprendizajes? Llevo tiempo haciéndome esta pregunta. ¿Aquel que decide elaborar algo con IA sabría hacerlo también por su cuenta? Aprender es tropezarse, pensar y rehacer. No es reducir el aprendizaje a pedirle a una inteligencia no humana que te resuelva un reto en segundos. Y sirve para cualquier ámbito. No seré yo quien niegue que quizá nos estemos pasando al depender demasiado de la IA.

Este año me he propuesto implementar algunos cambios en mi manera de impartir las clases de lengua y literatura. Mi objetivo, no exagero, es evitar por encima de todo que mis estudiantes me presenten trabajos hechos con IA. Así que plantearé tareas más breves que puedan realizarse en sesiones individuales, pediré evidencias de los trabajos realizados (como borradores, esquemas, revisiones), priorizaré el trabajo en el aula, a mano y cada vez con menos pantallas, intentaré facilitarles fuentes de información cerradas –y digo intentaré porque es muy complicado con un mundo digital apoteósico–... Y lo más difícil, porque las clases son de 30 estudiantes o más por aula: evaluaré de forma oral siempre que sea posible.

Pero ¿es todo culpa de la IA? Lo cierto es que el descenso del nivel académico viene ligado a una serie de catastróficas desdichas. PISA alerta de que los estudiantes tienen dificultades para entender textos de más de 400 palabras. El uso de móviles y la inmediatez de un mundo que exige que todo suceda deprisa seguro que tiene algo que ver, así como la falta de concentración. Ya hay videos en internet que muestran a alguien hablando en una pantalla dividida con una partida de juego para captar la atención de los usuarios. Y por supuesto el confinamiento durante la pandemia sin duda dejó vacíos en los estudiantes de hoy.

En educación, por desgracia, a veces cuesta encontrar espacio para los matices. Parece que rechazar la IA en el aula y querer mantener alejadas las pantallas, visto lo visto, implique renunciar a la educación digital y al pensamiento crítico. Lo que digo es que, por ahora, prefiero centrarme en lo más urgente porque los resultados no son muy esperanzadores y, además, falta tiempo. Parece que afirmar que algunas asignaturas se trabajan mejor por grupos de nivel sea apostar siempre por la segregación. Lo que defiendo es que un estudiante puede ser brillante en unos campos y tener más dificultades en otros, y que adaptar el ritmo de aprendizaje en un área concreta puede permitirle recibir un mejor acompañamiento. Parece que defender las clases magistrales de vez en cuando y apostar por la sobriedad en el aula quiera decir repudiar para siempre la gamificación y el bienestar de los estudiantes. Divertirse y estar a gusto aprendiendo es fundamental, pero no me parece un mensaje oportuno hacerles creer que todo en la vida se consigue con una sonrisa. La reflexión sosegada también puede ser emocionante.

Como digo, no todo es blanco o negro, y si algo he aprendido en todos estos años de docencia es que en educación nada es para siempre, y hace falta prueba y error para implantar cambios y que la mejor metodología es la suma de todas ellas. Siempre he defendido la escuela inclusiva, pero no se puede empezar la casa por el tejado ni implantar un nuevo sistema educativo sin dotarlo de los recursos necesarios y formación. Y en nuestro caso fue más o menos así, y a falta de recursos me refiero a que las aulas están masificadas y que faltan docentes.

En muchos casos, los docentes no nos sentimos capacitados para asumir tanta diversidad. Antes las clases eran bastante más homogéneas que ahora y ese nuevo paradigma necesita, por tanto, una infraestructura radicalmente distinta. Llegar a todo el mundo significa adaptarse a las necesidades y posibilidades de cada uno, por supuesto, pero en ningún caso puede significar renunciar a unos mínimos exigidos porque si no se pierde rigor en la calidad del sistema y se prepara peor a los estudiantes.

E insisto: eso no quiere decir rechazar unas aulas tan diversas. Se trata de una realidad y, como tal, requiere respuestas a preguntas que antes no nos hacíamos. Y dinero, porque al final todo se resume en lo mismo: si queremos un sistema educativo fuerte y de calidad, hace falta más inversión y, de paso, que la sociedad crea más en él.