Marta Mosquera fue una de esas niñas que nacen con la vida al borde del precipicio. Hay quienes llegan a este mundo agitando sonajeros de plata (o lo que mareen ahora los bebés de buena cuna) y otros que no abandonan jamás el llanto hasta aceptarlo por costumbre. Niños que con pena y sin gloria sufren el estigma de una familia que, si no los maltrata, los abandona y, si no los abandona, los enloquece. Convierten así las circunstancias la infancia más en sacrificio que en tesoro, y su experiencia en una patria marcada antes por la supervivencia que por el cariño.
¿Qué hace una niña de poco más de doce años, desatendida, avasallada por las dificultades económicas de su familia, viviendo una de esas distopías paternas que existen a nuestro alrededor, por más que el instinto nos invite a hacer oídos sordos? Pues resistir. Aguantar, no se sabe muy bien cómo, engordando la estadística que sitúa a uno de cada tres menores de dieciséis años en riesgo de pobreza o exclusión social en nuestro país (INE, 2025). Lo cual sitúa a España en el desagradable pódium, medalla de plata, si hablamos de las tasas de pobreza infantil en la Unión Europea. Poquito de lo que fardar aquí, estando como estamos en campaña electoral.
Cuando Helen Lovejoy se preguntaba en Los Simpson: “¿pero es que nadie va a pensar en los niños?”, la respuesta en España parece ser: “No, Helen, así es, nadie tiene tiempo que perder”. Pero hoy, 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, merece la pena hablar de quienes, peleando a la contra, sí llevan décadas preocupándose por niñas y niños como Marta Mosquera, haciendo que la problemática deje de ser una abstracción.
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Europa PressEl 34,8% de los menores afronta exclusión social, una situación que eleva los riesgos de obesidad, problemas emocionales y menor desarrolloMás concretamente, desde 2001, en el barrio de Tetuán, donde tres mujeres: María Entrecanales, Ana Varela y Teresa Rodríguez se decidieron a crear un espacio donde los menores pudieran encontrar el apoyo y el cuidado que rara vez se les podía brindar en casa. Así nació la Fundación Balia, que no tardó en extenderse del barrio de Tetuán al de La Latina, y más tarde a otras ciudades como Guadalajara o Sevilla, en el barrio de Los Pajaritos.
Donde todo comenzóEn el número 44 de la madrileña calle de Fereluz, los trabajadores de la Fundación Balia reciben a este cronista impregnado en sudor de la cabeza a los pies. Con un test de Rorschach en la pechera de la camisa y la espalda como para escanciar un vaso de transpiración, las miradas de Beatriz Sigüenza, directora general de la fundación, así como las de Marta Mosquera y Erick Modesto, sentados enfrente, despiden más comprensión que juicio. Octubre todavía confunde y el sol atacando el lomo a lo largo de toda la calle Bravo Murillo achicharra más que calienta.
(Fundación Balia)Tanto Mosquera, de veinticinco años, como Modesto, de treinta, están aquí para hablar de su experiencia en Balia, lo cual, inevitablemente, los llevará a revivir los traumas a los que hicieron frente gracias a los programas de la fundación. Eso imprime cierto nerviosismo, socavado rápidamente gracias a la húmeda y ahogada estampa de este que escribe, más exudación que persona. Todo sea por la confianza y la tranquilidad de los entrevistados. Incluso la deshidratación.
Sigüenza, a modo de introducción, recoge el primer testigo, describiendo los entresijos actuales de la entidad. “Ahora mismo, somos unos 140 trabajadores. Como yo siempre digo, estamos en la cola de las grandes o en la cima de las medianas”, asegura la directora. Aun detrás de gigantes de estructura internacional como Cáritas o Unicef, Balia se revela como uno de los referentes sociales más consolidados del país, atendiendo cada año entre 2.800 y 3.000 menores junto a más de un millar de familias. Lo cual, a medio camino entre la cabeza de ratón y la cola de león, no es moco de pavo.
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C. DolzEl gasto de la prestación universal por crianza que Bustinduy liga a unos nuevos PGE ascendería a unos 19.000 millones de euros anuales, la prestación más cara, solo por detrás de las pensionesEl perfil familiar atendido en la Fundación Balia se divide a partes iguales entre un 50% de origen español y un 50% de origen migrante, explica Sigüenza, con un volumen muy elevado de familias monomarentales. Respecto a la procedencia, la directora destaca algunos matices sociológicos, como la mayor presencia de familias eslavas en el barrio de La Latina o Hispanoamérica aquí, en Tetuán, a lo que añade un hecho interesante. “Las familias que vienen de origen latino, normalmente los padres tienen mejor educación que las familias que vienen de origen español”, señala. “Esto responde a que muchas familias hispanoamericanas no emigran por una situación de exclusión previa, sino empujadas por la inestabilidad económica o la violencia en sus países de origen, contando con un nivel de escolarización más alto”.
Mientras el sudor de la camisa del reportero no da tregua, convertida ya en una armadura acuosa más fría que templada, la directora general se presta a hablar de números. En cualquier organización, el aspecto pecuniario es, en gran medida, parte y todo de su fortaleza, lo que convierte a Balia en una rara avis dentro del tercer sector al sostener una estructura con un 30% de fondos públicos y un 70% de capital privado. ¿Y cuáles son los requisitos para poder ser beneficiario? “Hay bastantes”, sentencia Beatriz Sigüenza. "Una parte es económica y otra responde a la situación familiar, con beneficiarios que arrastran una gran carga emocional detrás. Hay ocasiones en las que, económicamente, a lo mejor la familia está al límite o en una situación de riesgo que interesa abordar, pero siempre son niños que están escolarizados y que residen en entornos desfavorecidos”. Curiosamente, y según el último informe PISA, precisamente la clase de alumnos que han alcanzado mejores calificaciones que sus colegas adinerados en materias como comprensión lectora o matemáticas.
(Fundación Balia)Este último dato, para la directora de la Fundación Balia, por un lado, responde al aprecio que demuestran estos jóvenes en lo que respecta al poder de la educación. Y, por otro, a programas de entidades como Balia, la cual ya había detectado un grave déficit estructural en comprensión lectora y competencias lógicas y, para atajarlo, diseñaron de forma autónoma un programa transversal de matemáticas y lectoescritura apoyado en licencias de software adaptativo. “En un colegio sin alta complejidad, la atención debería darse en grupos de 10, y en alta complejidad, que es donde nosotros trabajamos, en grupos de 5”, sentencia Sigüenza sobre las ratios actuales, “pero la realidad es que hay 25 niños por aula”. Lo cual no solo señala la buena praxis de organizaciones como esta fundación, sino también, y quizás, sobre todo, el deplorable estado de la actual educación pública.
Cuestión de dignidadMientras la directora de la Fundación Balia concluye su exposición de las circunstancias actuales que rodean a la educación, tanto Marta Mosquera como Erick Modesto, guardan un concesivo y educado silencio. La primera, maquillada con una pintoresca raya de azul ahumado que sobresalta sus ojos por encima de las gafas, y el segundo, ataviado con un holgado traje negro con camisa blanca, dan fe de la importancia que le prestan al acontecimiento de ser entrevistados sobre sus años en la fundación. Ellos, tan pichis y maqueados, presentan una seriedad que las desgraciadas sudoraciones de quien escribe podrían haber dinamitado, de no ser por su agradecida y afectuosa predisposición.
Mosquera descorcha su testimonio haciendo memoria de una situación que le tensa la voz al expresarla. De hecho, prefiere pasar por encima de los detalles, resumiendo su experiencia en una madre con problemas de salud mental de los que se derivó un abandono por negligencia que llegó a cuajar en un cuadro de malnutrición y falta de higiene. “Yo en esos momentos intentaba sobrevivir como podía”, relata Marta. “He crecido básicamente sola. Es decir, yo a mi madre le daba todo firmado, todo escrito, su número, su DNI, todo, y ella solo firmaba, aunque nunca miraba nada. No llevaba ni las gafas puestas. Esto”, prosigue la joven, “era, por ejemplo, a las siete de la mañana; yo despertando a mi madre, claro, porque era yo quien tenía que despertar a mi madre, y si llegaba tarde era mi culpa. Los profesores, además, se enfadaban conmigo”.
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P. D. AlmogueraEl 'Informe Pobreza Sur 2024' denuncia que Andalucía empeora en las ratios sobre exclusión y pone el foco en la situación de los llamados "barrios ignorados". Los más pequeños, principales afectadosA lo largo del relato, una de las cosas que más llama la atención en el caso de Marta Mosquera es la pasividad de los profesores. La incapacidad de actuación o, mejor dicho, de atención hacia las circunstancias de los alumnos. En su instituto, según cuenta, se concentraban hasta 300 alumnos por asignatura distribuidos en infinidad de aulas de la A a la F. “Mi hermano y yo teníamos comportamientos raros”, recuerda. “Yo era una niña que no conseguía estudiar ni a tiros y él era muy inteligente, pero no se esforzaba. Justo los dos suspendimos a la vez y repetimos curso el mismo año. Algo debería haber hecho saltar las alarmas”, explica, “pero los profesores no están formados para detectar nada y, además, están totalmente sobrepasados”.
Algo así sintió Erick Modesto, que hace honor a su apellido con un tono pausado y cordial, cuando narra a este cronista -ya, por fin, con la camisa seca- el brutal bullying que sufrió cuando llegó a Madrid de Argentina, en 2004, debido a las dificultades económicas que enfrentaba su madre. Tras ser recolocado arbitrariamente en un curso superior al que le correspondía por edad, se vio arrastrado a un acoso escolar continuado. “Me robaban los útiles, me pegaban en el colegio, me pegaban fuera del colegio. Sufrí bullying de todo tipo. Llega un momento en el que vives así constantemente y lo pasé desde primaria hasta la secundaria sin encontrar un sitio donde sentirme feliz y a gusto. Te pones a pensar y dices: "Es que no encajo". Y lo que quieres es eso, encajar”.
Para más inri, Modesto siempre fue un niño con vocaciones artísticas. En especial el dibujo, lo que, según se tercie, en vista de la introversión a la que invita, puede ponerte en la picota de los compañeros -terribles bestias los adolescentes- y del profesorado. "Estaba en alerta constante. Todo el mundo era un enemigo. Si me pongo a pensar, a mí no solo me pegaron y me humillaron, me quitaron incluso las ganas de vivir”. Un alegato que, siendo como es el suicidio la primera causa de muerte en jóvenes de entre 12 y 29 años, no hay que tomarse a la ligera.
La Fundación BaliaCon tres turnos de trabajo diarios en distintos lugares para sacar adelante a sus dos hijos, la madre de Erick Modesto estaba atada de pies y manos frente a los problemas de su hijo. No es que, a diferencia del caso de Marta Mosquera, existiera una negligencia hostil en el hogar. Solo, y no es poco, una incapacidad física para atender las necesidades, habida cuenta de la sobrecarga laboral de la progenitora. Ahí fue cuando entró la Fundación Balia, todavía en pleno proceso de desarrollo, para darle a Erick una oportunidad que todavía agradece incluso en los gestos que le dominan el rostro al hablar de ello.
“Aunque al principio llegué con miedo al espacio de la fundación, pensando que sería igual que en el colegio, al instante me di cuenta de que no”, apostilla Modesto. “Aquí, por primera vez, me preguntaban qué quería, me daban todas las herramientas que necesitaba para dibujar o incluso hacer danza y teatro. Me apoyaron y me dieron la mano para ser yo mismo sin tener que cambiar nada ni fingir, para sentirme libre y no tener que estar en alerta pensando en que me van a pegar o a robar”, sentencia Erick quien, por cierto, hoy es un diseñador gráfico con máster en Motion Graphics y Efectos Visuales (VFX). Logro que, según él, está totalmente ligado a la fundación.
(Fundación Balia)Para Marta Mosquera la sensación es la misma. “Aquí fue el primer lugar en que me preguntaron, personalmente, qué me sucedía de verdad. Con interés real y sincero”. En su caso, desembarcó en la fundación a través de la intervención que la entidad realizaba en su instituto cuando con apenas trece años empezó a suspenderlo todo. Una amiga de clase le habló de un lugar donde daban meriendas y hacían excursiones. “En la fundación éramos doce o dieciséis como muchísimo, hablábamos de todo, de violencia, de nuestras cosas; nos ponían películas, podías ir antes a hablar con las educadoras o quedarte después”, recuerda sobre la cercanía del equipo de la entidad. “Allí podías estar tranquilo, sin estar en alerta constante como en el instituto, sabiendo que estabas con gente que no te iba a juzgar ni a reírse de ti simplemente por ser diferente”. Una acogida que, sumada a gestos tan cotidianos como el alimento básico, marcó la diferencia. “Es difícil de entender si no lo has vivido”, señala Mosquera, “pero para nosotros la merienda era importantísima. Cuando no tienes ingresos en casa, y hasta vives malnutrido, una merienda te da la vida”.
A modo de conclusión, Marta Mosquera, quien ahora trabaja como integradora social y auxiliar educativa -de nuevo, y al igual que Erick, reconociendo su logro al trabajo de la fundación-, culmina con una reflexión general. “En España el estado de bienestar nunca ha existido per se y ahora se está desmoronando el poco que había” declara. “Si las fundaciones sociales crecen tanto es porque a nivel público se está recortando una barbaridad y los profesionales de servicios sociales están sobrepasados. Donde no llega el Estado hay gente como los de la fundación, actuando de tirita para la sociedad, aunque no debería de ser así”. Y mientras los datos muestran cómo las instituciones miran para otro lado, en el local de la calle Fereluz se sigue demostrando, cada tarde, que basta un espacio seguro y un puñado de personas dispuestas a escuchar para rescatar una vida del abismo.