Aunque se puede encontrar un cambio de tendencia en el crecimiento económico global desde el siglo XVI, es a partir de 1870 cuando ese indicador despega en serio. Desde entonces y hasta 1913, hay un crecimiento notable, que el economista canadiense Vincent Geloso piensa que es superior incluso al de la posguerra, considerando una mejor aproximación a los precios. Aunque eso esté por revisarse, el periodo 1870-1913 fue excepcional. Es lo que los franceses llaman “Bella Época”, y los economistas, “Patrón Oro”. Un país controla el sistema financiero global, precisamente alrededor de ese metal precioso, pero también los océanos del mundo, favoreciendo el comercio.
Aunque claramente los países europeos (tanto en Europa como fuera de ella, es decir, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) son los promotores del crecimiento, el impacto se nota en todo el mundo, especialmente por la demanda de materias primas. Esto sella el porvenir de los otros continentes: en África, hay una colonización brutal; en Asia, una invasión a medias que no derrumba los Estados pero los debilita (con la excepción de Japón, que se suma al proceso); en América, las naciones que recientemente se habían independizado aprovechan esta demanda de materiales para enriquecerse, pero con una marcada desigualdad: las ganancias del comercio se quedan en manos de “los héroes que nos dieron patria” que estaban instalados en los gobiernos.
Argentina y Uruguay alcanzaron a colocarse entre los países más ricos del mundo, y México y Chile quedaron un poco cortos. El caso más notable es el de México, que parte de su peor momento en 1870 para convertirse en el país más industrializado del subcontinente hacia 1910. Desafortunadamente, la Primera Guerra Mundial derrumbó el comercio internacional, que todavía cayó más en las siguientes décadas. El auge vivido en América Latina se convirtió en una permanente recesión, provocando amplio descontento.
Es precisamente ese fenómeno el que facilita la aparición de nuevos caudillos. No como los del siglo XIX, militares atrabiliarios, sino líderes populistas que ofrecen abundancia a sus seguidores. Lo hacen replicando las modas del momento, fascismo y comunismo, que en realidad eran formas un poco diferentes de las dos propuestas aparecidas durante el siglo XVIII como opciones frente al liberalismo, es decir, al libre comercio (creador de riqueza) y a las libertades individuales.
La primera opción ofrece limitar las libertades para garantizar el orden. Su base de legitimación es alguna inspiración religiosa, y su operación se centra en el hombre fuerte. Genéricamente le llamamos conservadurismo a esta opción, que en versiones extremas puede ser la reacción o el fascismo.
La segunda ofrece construir el paraíso en la tierra, intercambiando igualdad por libertades. La legitima esa versión peculiar de justicia imaginada como igualdad, y se opera mediante la vanguardia iluminada: los clérigos, los intelectuales, el partido. Radicales, les llaman.
Puesto que ambas dependen de eliminar libertades, el resultado es siempre trágico. Por un lado, sin libertad de comercio no hay riqueza disponible; por otro, quienes no se convencen de dejar de ser libres tienen que ser eliminados. Desde el Terror (1793) si no es que desde las guerras religiosas (siglo XVII) hemos experimentado en varias ocasiones con esas opciones, siempre escudadas en el miedo al caos y las buenas intenciones, con el mismo resultado.
El siglo XX en América Latina es una versión suave de ese fracaso. No llegamos a los niveles del fascismo y el comunismo europeos, pero tampoco aprovechamos los avances de los últimos 80 años. Mientras muchos potentados promovieron el conservadurismo, muchísimos intelectuales impulsaron el camino radical. Ambos grupos supieron vivir de eso, cargando a las mayorías el costo de sus obsesiones.
Es el lastre que debemos tirar, junto con quienes lo promueven.