Hay registros fósiles que conservan huesos, huellas o conchas, y otros capaces de preservar algo mucho más frágil: instantes de vida con un extraordinario nivel de detalle. En Cantabria, pequeñas masas de resina fosilizada han mantenido durante unos 105 millones de años organismos diminutos, estructuras microscópicas e incluso evidencias de su comportamiento. Este excepcional registro paleontológico permite reconstruir un ecosistema del Cretácico Inferior, una etapa de profundas transformaciones en los ambientes terrestres, cuando las plantas con flores se encontraban en plena diversificación y las gimnospermas todavía dominaban buena parte de los bosques. Más que una acumulación de fósiles, el enclave funciona como una sucesión de microescenas biológicas preservadas en el tiempo.
Ese extraordinario archivo es el ámbar de El Soplao, un depósito del Albiense que ha proporcionado más de 1.500 inclusiones de artrópodos y cuya importancia acaba de ser revisada en un trabajo publicado en Journal of the Geological Society, liderado por Alba Sánchez-García, investigadora de la Universitat de València. El yacimiento salió a la luz durante unas obras en una carretera en 2005, aunque hubo que esperar hasta 2007 para que dos geólogos del Instituto Geológico y Minero de España reconocieran su relevancia paleontológica.
El Cretácico, atrapado en ámbarLas excavaciones posteriores confirmaron la magnitud del hallazgo: hasta ahora se han identificado 40 especies con nombre científico, 32 de ellas descritas como nuevas, entre arañas, ácaros, crustáceos, miriápodos, escarabajos, moscas y avispas. Pero el verdadero valor de El Soplao está también en la calidad de esa conservación: la resina fue capaz de estabilizar estructuras extremadamente delicadas que, en condiciones normales, difícilmente habrían sobrevivido al paso de millones de años.
Entre los hallazgos más sorprendentes figuran 13 piezas de ámbar con plumas de dinosaurios terópodos. Algunas conservan las barbas en su disposición original, una precisión que ha permitido plantear una escena ocurrida hace unos 105 millones de años: el animal pudo rozar la resina pegajosa cuando aún estaba vivo y dejar allí parte de su plumaje.
El extraordinario poder de la resinaEl Soplao, sin embargo, ha fosilizado algo todavía más inusual que la anatomía: el comportamiento. Una larva de neuróptero, Hallucinochrysa diogenesi, quedó atrapada mientras cargaba sobre su cuerpo restos vegetales que utilizaba como camuflaje, una estrategia que todavía emplean algunas larvas actuales. Otras piezas contienen indicios de depredación, parasitismo, apareamiento o mutualismo, además de telarañas, exuvias y coprolitos. El catálogo se completa con un fragmento de muda de piel de reptil y un ejemplar de la extinta familia †Deinocrotonidae, señalado por el estudio como la garrapata más antigua conocida hasta ahora.
El propio ámbar de El Soplao añade otra rareza al conjunto. Algunas piezas de ámbar presentan bajo la luz natural un inusual tono azul-violeta, una coloración que los análisis geoquímicos relacionan con la presencia de guaiazuleno. Más difícil resulta identificar qué árboles produjeron aquella resina: los investigadores manejan distintas familias de coníferas, pero la cuestión continúa abierta. Sí han podido reconstruir parte del escenario donde se originó. Hace unos 105 millones de años, la zona formaba parte de un ambiente deltaico-estuarino próximo a la costa, con suelos sometidos al encharcamiento estacional y un bosque afectado por incendios recurrentes. Ese fuego pudo actuar como uno de los factores de estrés que llevaron a las coníferas a liberar grandes cantidades de resina. Árboles, agua, incendios y resina coincidieron así para conservar algo excepcional: pequeños episodios de la vida cotidiana del Cretácico que todavía pueden observarse más de cien millones de años después.