De niña aprendí muchas cosas con facilidad: caminé y hablé pronto, aprendí a leer antes del kínder, las letras me fascinaban, al igual que los reptiles, sobre todo los cocodrilos. Mi papá me regaló un libro sobre ellos; pasaba horas leyéndolo. Pero algo nunca me resultó sencillo: encajar.

En la primaria, una maestra explicó que las serpientes no tenían huesos, levanté la mano y dije que sí, que tenían vértebras. Me respondió que yo no sabía y solía decir que mentía porque no la miraba a los ojos. Yo no sabía explicar cuánto me incomodaba sostener la mirada.

Socializaba, pero después necesitaba aislarme. No entendía algunas señales sociales; el rechazo me dolía, me decían rara, intensa y sensible, una vez lloré y escuché: “Déjenla, no llora sangre”. Aun así, era la niña “bien portada”: creativa, callada y obediente.

Así que aprendí a observar e imitar: saludaba de beso aunque me incomodara y aprendía reglas sociales que parecían naturales para los demás. Llegaba a casa agotada e irritable, la adultez cambió el escenario: en algunos trabajos era “lenta”; en otros, “sobrecalificada”, seguía sin encajar.

Busqué respuestas, pasé por diagnósticos como TLP, depresión, ansiedad, distimia y TDAH. Explicaban partes de mi historia, pero siempre faltaba algo.

Entonces ocurrió una ironía: me especialicé en evaluación del autismo. Mientras evaluaba a mis pacientes pensaba: “yo también hacía eso”. Una amiga señaló características que no reconocía en mí, busqué otra evaluación y llegó la respuesta: “Tienes autismo”.

Sentí alivio, no porque cambiara quién era, sino porque muchas piezas podían mirarse juntas.

La investigación describe que algunas mujeres autistas compensan u ocultan características para ajustarse socialmente, lo que puede contribuir a diagnósticos tardíos.

Construimos una imagen limitada de cómo “se ve” el autismo. El cine y las series reforzaron estereotipos: aislamiento, conductas evidentes o capacidades extraordinarias, el espectro es mucho más diverso.

Antes podían llamarme rara o intensa; ahora he escuchado: “No creo que lo tengas, te ves bastante bien”. Como si el autismo tuviera una apariencia; como si aprender a desenvolverme significara que nunca me costó.

Pero aprender a parecer que estaba bien no significaba estar bien, años de observar, imitar y adaptarme implicaron agotamiento. El masking sostenido, junto con otras demandas, puede contribuir al burnout autista. En mi caso se sentía como depresión, ansiedad y cansancio extremo; durante mucho tiempo así intenté entenderlo.

Mi historia no representa a todas las mujeres autistas, pero me pregunto cuántas crecieron pensando que el problema eran ellas porque aprendimos a reconocer solo algunas formas de autismo.

Tal vez nunca fuimos invisibles; tal vez todavía estábamos aprendiendo a mirar.

@ruthcrdz