“Yo ya no salí de la cárcel”, me dice Julia con una firmeza que contrasta con sus ojos pesados por la medicación. Está frente a mí, fuera del penal, y su mirada no admite dudas.

Julia es el seudónimo de una mujer que entrevisté para mi tesis sobre reinserción postpenitenciaria de mujeres en Saltillo. Al acercarme temía hacer las preguntas equivocadas; fue abierta con su historia y mantuvimos contacto durante años. Tras su reincidencia en 2023 ya no pude hablar directamente con ella. Desde entonces, su cuñada ha sido nuestro puente y, por ella, Julia me autorizó a contar su historia de nuevo.

Pasó diez años presa y obtuvo la libertad condicional. La cárcel pareció abrirle oportunidades: terminó la secundaria y aprendió oficios, pero esas herramientas no alcanzaron para construir otra vida. Dentro no tuvo terapia formal; buscaba apoyo en pláticas de estudiantes de psicología. Afuera, el seguimiento psiquiátrico consistía en aumentarle los medicamentos, aunque decía sentirse dopada y dormir durante horas. Aprendió a coser con máquina industrial, pero no se atrevía a trabajar en ese oficio: temía accidentarse bajo esos efectos. Vendía collares y pulseras, aunque apenas le daba para vivir. En libertad condicional debía reportarse cada semana y, a veces, una patrulla pasaba por ella, algo que despertaba desconfianza entre sus vecinos.

Durante años estudié la reinserción preguntándome qué necesitan las mujeres después de prisión. Angela Davis me obligó a mover esa pregunta: invita a desnaturalizar la cárcel, no asumir el encierro como respuesta inevitable y mirar las relaciones de poder que lo sostienen. Mari Matsuda propone que, ante una opresión, hagamos “la otra pregunta”: identificar qué otros sistemas la acompañan y cómo se sostienen. En Julia, eso implica preguntarnos qué había antes de la cárcel y qué produjo también el encierro.

Cuestionarnos esto no exonera a nadie ni elimina la responsabilidad por el daño cometido. Permite reflexionar sobre por qué entendemos la justicia casi automáticamente como castigo, mientras la reparación y la no repetición quedan en segundo plano. También obliga a mirar qué tan poco hacemos para que infancias y adolescencias tengan oportunidades de educación, cuidado, salud y autonomía, condiciones que Julia no tuvo.

La historia de Julia se me ha quedado cerca. Cumplió diez años de condena, salió con ansiedad y depresión, una medicación que sentía fuera de control y pocas condiciones para reconstruir su vida.

Si después de diez años de cárcel una persona vuelve a encontrar las mismas condiciones y termina reincidiendo, quizá la pregunta no sea cuánto más debemos castigarla. Tomarnos en serio la reinserción no elimina su responsabilidad: obliga a preguntarnos qué tendría que cambiar para que el daño no vuelva a ocurrir.