Durante mucho tiempo creí que crecer significaba aprender a disimular, medir mis palabras, descifrar gestos y guardar silencio en lugar de incomodar. En los laboratorios donde me formé, o incluso, a bordo de la ambulancia siendo paramédico, las reglas eran claras y el caos, predecible. Sin embargo, al migrar desde mi natal Coahuila a la Ciudad de México para abrirme paso en la industria farmacéutica, me encontré con un ecosistema corporativo donde las reglas no escritas exigen la sumisión estratégica de las mujeres.

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