La Puerta del Sol ha vuelto a llenarse de tiendas de campaña y a Madrid le ha salido una arruga de juventud. Basta mirar el campamento para reconocer el lugar, aunque hayan cambiado los huéspedes. Carlos III vuelve a disponer de súbditos acostados a sus pies. Los turistas se abren paso entre las lonas con la perplejidad indulgente que reservan a nuestras costumbres locales. Resulta difícil saber si fotografían una protesta o una atracción. Sol admite ambas posibilidades. Lleva demasiado tiempo haciendo de escaparate de España como para sorprenderse de que España decida alguna noche dormir en el escaparate.
Han pasado quince años del 15-M y el recuerdo comparece antes que las reivindicaciones. Uno ve una tienda Quechua y envejece de golpe. Aquella primavera parece ahora remotísima, aunque sobreviva en la plaza con la nitidez de las cosas que acabaron peor de lo que prometían. Sol fue entonces un lugar de inocencia política, la antesala del desengaño. Miles de personas, como ahora, creyeron que la calle era la democracia. Y viceversa. Duró poco. Llegaron los especialistas en interpretar la plaza y terminaron administrándola.
Pablo Iglesias fue el más astuto de todos. Entendió que aquella multitud podía traducirse al idioma mucho más práctico de los escaños. Podemos recogió una parte considerable del malestar del 15-M y lo llevó a las instituciones. La operación produjo entusiasmo antes de producir desencanto. Los que abominaban de la casta descubrieron las virtudes del cargo público con una velocidad casi científica. El movimiento que desconfiaba de los dirigentes terminó fabricando dirigentes con vocación de posteridad. No hace falta discutir aquí el legado político de Podemos. Interesa más la melancolía de comprobar cómo una revuelta contra el poder acabó proporcionando manifestantes de élite al poder.
¿El 15-M de la generación Z? Por qué 2026 no puede ser un nuevo 2011
Héctor García BarnésEl escenario y la estrategia son los mismos, pero los parecidos con el 15M se quedan ahí. Ni el contexto ni los protagonistas ni los objetivos son los mismos. Por lo tanto, sus efectos serán muy distintosIglesias reaparece ahora animando a los nuevos acampados para que resistan y para que Sol contagie a otras ciudades. La escena reviste una perfección que ningún guionista se habría atrevido a proponer. El hombre que convirtió la plaza en partido recomienda regresar a la plaza. Se diría que el 15-M ha entrado en esa fase de la vida en que uno empieza a visitar los lugares donde fue joven. Hasta las revoluciones sienten nostalgia de su piso de estudiantes.
La acampada de estos días nace del desahucio de Maricarmen y del problema de la vivienda, pero la Puerta del Sol introduce enseguida una dimensión más sentimental. La plaza está demasiado cargada de recuerdos para limitarse al precio del alquiler. Cada tienda convoca un fantasma. Quien atravesó aquel campamento de 2011 reconoce incluso una cierta manera de ocupar el espacio, esa ciudad provisional que se levanta sobre la ciudad verdadera y pretende corregirla durante unos días. Después, Madrid continúa.
El parecido tampoco debe exagerarse. En 2011 flotaba una sensación de estreno. Nadie conocía el desenlace porque todavía no se habían escrito los personajes. Ahora sabemos demasiado. Sabemos, por ejemplo, que las asambleas pueden desembocar en ministerios y que los eslóganes envejecen peor que las fotografías. Conocemos la digestión que hace el poder de sus adversarios. Tal vez la principal diferencia entre aquellas tiendas y estas consista precisamente en que las primeras podían permitirse la ingenuidad. Las de ahora acampan sobre una plaza que ya posee memoria.
En Sol nadie paga el alquiler. El inconveniente es que no hay un techo
Madrid ha cambiado. El centro se ha ido convirtiendo en un lugar que los madrileños frecuentan con la cautela del visitante. Sol fue durante mucho tiempo el sitio al que uno llegaba; ahora empieza a parecer el sitio por el que uno procura pasar deprisa.
Las tiendas devuelven a la plaza una forma rudimentaria de vecindad. Es paradójico que una protesta por la dificultad de encontrar casa haya terminado improvisando un barrio en el lugar más caro y menos habitable de la ciudad. Nadie paga alquiler. El inconveniente consiste en que tampoco hay techo.
Altas y bajas pasiones en la acampada de Sol
Santiago IslaHe visto a conocidos subiendo stories en Sol que sé que viven, directa o indirectamente, del rentismo; otros que insultan a los que están ahí cuando sufren todavía más que ellos la imposibilidad de acceder a la viviendaPor la mañana aparece el Madrid habitual alrededor del campamento. Suben las persianas. Cruzan los repartidores. Los primeros curiosos reducen el paso. Los acampados emergen de las tiendas con esa dignidad averiada que produce cualquier noche pasada lejos de una cama. La revolución, vista a las ocho, siempre tiene un aspecto bastante humano. Pierde épica y gana legañas. Ahí empieza una crónica de Madrid mucho más interesante que cualquier manifiesto.
Porque Sol posee una extraordinaria capacidad para absorber las grandes convulsiones y devolverlas convertidas en costumbre. Ha conocido proclamaciones, campanadas y manifestaciones. El 15-M parecía destinado a cambiar la política española. La cambió, desde luego, aunque también terminó siendo cambiado por ella. Quince años después vuelve la escenografía y cuesta decidir si estamos viendo una resurrección o una reposición. La diferencia importa menos de lo que parece. Las reposiciones también emocionan cuando uno recuerda el estreno.