Un país no se transforma en seis años. Mucho menos México, que acumuló durante décadas desigualdades profundas, corrupción enquistada, violencia generalizada y enormes diferencias entre regiones. Las transformaciones sociales son procesos largos, con avances reales, tropiezos costosos y rectificaciones necesarias. Por eso cuesta aceptar afirmaciones tan tajantes como calificar la llegada de Andrés Manuel López Obrador de «una tragedia para México».

Se puede estar de acuerdo o no con él. Se pueden cuestionar sus decisiones y señalar con precisión qué no funcionó. Durante su administración no desaparecieron la corrupción, el narcotráfico ni la violencia. Hubo sobrecostos que se multiplicaron, retrasos que se acumularon y decisiones que no resistieron el escrutinio. Pero reducir seis años de gobierno a la palabra «tragedia» significa ignorar cambios que también ocurrieron y cuyos efectos apenas comenzamos a entender en su verdadera dimensión.