Los independentistas se han cansado de perseguir la unidad de acción. Los parámetros han cambiado. El procés se caracterizó, precisamente, por el entendimiento, en apariencia formal, de los dos grandes partidos, Convergència i Unió y ERC, y de las grandes asociaciones cívicas, la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, a las que se añadió la Asociación de Municipios por la Independencia (AMI). Todos ellos fueron capaces de formar una lista conjunta en 2015, la de Junts pel Sí (JxS), que resultó un gran fiasco porque no lograron tener la mayoría absoluta que pretendían.
En las últimas semanas, los líderes soberanistas ya no insisten más en la unidad de acción, entre otras cosas porque parece imposible una entente entre Junts y ERC con sus actuales líderes al frente. De esa debilidad, en cambio, algunos sacan fortaleza. Josep Costa, que fue vicepresidente del Parlament y hombre de confianza de Carles Puigdemont durante la presidencia de Quim Torra, ha definido las bases del nuevo independentismo: “El discurso de la unidad es una mercancía caducada del procés. El verdadero motor hasta el 1-O fue el miedo a quedar como un traidor o un cobarde. Ahora, la solución se alimentará de este miedo: hay que encontrar la forma de lucha contra el Estado que obligue a todo el mundo a sumarse”.
“Toda esta mandanga de llevarnos bien e ir todos a una no sirve para nada. Peor aún, es contraproducente. Sin egos, ambiciones o lucha por el poder, y sin intereses ni conflictos ideológicos, mandarían siempre los mismos mediocres, sin ningún incentivo para cambiar nada”, añade.
Círculos independentistas impulsan una operación salida para los viejos líderes del 'procés'
Antonio Fernández. BarcelonaEl principal afectado por esta tendencia es el fundador de Junts, Carles Puigdemont, aunque los dardos también se clavan en el presidente de ERC, Oriol JunquerasCosta se encuentra en la actualidad alejado de los postulados de los grandes partidos. Partió peras con el procés y se ha radicalizado, aunque continúa siendo una figura política de referencia para una gran parte del soberanismo por sus aceradas opiniones: “La independencia es para los audaces, para los que piensan que será la herramienta que traerá el triunfo definitivo de sus ambiciones, la hegemonía de su ideología y, ¿por qué no?, estatua, calle y paguita vitalicia para quien la consiga. No es para los inútiles que tenemos ahora”.
"Basta de perseguir el consenso"Por eso, abomina de consumir esfuerzos para lograr la unidad de acción. “Basta de perseguir la unidad, el consenso, la bondad o la pureza moral. Basta de pedir aparcar egos, ambiciones o programas ideológicos. Que salga todo el mundo al ring a combatir al enemigo español y todo el honor, la gloria y los votos a quien demuestra que lo hace mejor que los otros”.
Él, que estuvo en la locomotora del procés, afirma que “hay que entender que Junts pel Sí no era ninguna herramienta unitaria. No dejaron de matarse ni un solo día. Pero se mataban para demostrar que eran más independientes que los otros”. Ahí es donde reside el secreto de la fuerza del soberanismo: “Con unidad y confianza entre la clase política, habrían frenado mucho antes del 1-O. Fue la desconfianza la que impidió que lo hiciesen. La competición por hacerlo mejor que los otros, por demostrar que sabes más o eres más osado, es un factor positivo de la política”.
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Antonio Fernández. BarcelonaTras ser indultada, la expresidenta del Parlament refuerza su papel de víctima y se prepara para la batalla contra Sílvia Orriols sustituyendo a un Puigdemont que se encuentra en horas bajasPara el exvicepresidente de la Cámara catalana, “el miedo del adversario ideológico se utiliza, precisamente, para justificar los pactos y las conveniencias con el enemigo español. Hacernos creer que ser independientes con ‘los otros’ mandando es peor que ser españoles es el corolario de la rendición. Y ahora mismo todos juegan a esto”. Su ideario reseña que “la política es la continuación de la guerra por otros medios". "Por eso puede ser bruta y fea como la guerra, pero es la única forma de transformar el mundo sin que corra la sangre. Alejar a la gente de la política es regalarle el poder al enemigo. Hace falta más política, no menos”, subraya. Un sector independentista, en cambio, aún sueña con una entente cordiale sin más del independentismo en general.
Así lo expone Jordi Isern, exvotante de ERC: “¿Quién combate al enemigo español? JxS sí que fue una estafa monumental. ¿Quieres otra comedia parecida? Se necesita un partido que vaya de AC hasta la CUP con un candidato de consenso que se comprometa a declarar la independencia el día siguiente a ser investido. Si no es posible, olvidémonos”.
La receta de ValtònycEl rapero Josep Miquel Arenas, más conocido como Valtònyc, al que Puigdemont empleó como informático en su palacete de Waterloo con sueldo mileurista, resaltaba en un artículo de este mes de agosto que “ha quedado lejos aquel proyecto ganador que fue Junts pel Sí": Hemos acabado destrozando la confianza entre partidos y ciudadanos. Quizá el problema de fondo es que hemos perdido la esperanza”.
Pero el rapero sí apuesta por la unidad: “Sólo seremos independientes cuando aceptemos al hijo de puta que tenemos al lado. Hemos pasado demasiado tiempo intentando hacer la independencia, con gente que nos guste, que piense como nosotros, que comparta nuestras manías, que nos ría las bromas y que, sobre todo, que no nos contradiga mucho. Pero un movimiento social no es una fiesta de aniversario. Es una habitación donde entra mucha gente que no se ha escogido entre ella: gente con ego, con miedo, con ambiciones, con problemas en casa, con un trabajo que los deja sin tiempo y con ideas que a veces son buenas y a veces no. Es el material con el que se ha de construir cualquier movimiento que quiera llegar lejos”.
Con esa descripción, Valtònyc, la esencia de la izquierda para un sector soberanista, abre los brazos a la ultraderechista Aliança Catalana (AC): propugna que todo independentista se ha de integrar en la manada para que el movimiento pueda alcanzar su meta. Pero esa teoría no contradice la de Costa. Incluso, según se mire, la refuerza. Simplemente, el independentismo ha de ser abordado como una cuestión de competición entre facciones, no como una colisión de Estados. Pero eso entraña un riesgo: implica que cada facción propondrá futuribles que, en muchos casos, pueden ser irrealizables, como ya ocurrió en el procés. Y se volverá a alimentar el monstruo de la demagogia. El independentismo está prisionero de sus propias limitaciones.