Tras el estallido de las puntocom, la universidad de Stanford nunca bajó la guardia. Hoy vuelve a moverse, solo que ahora con diez millones de dólares para repensar sus licenciaturas ante el advenimiento de la IA.

Pasé varios meses en Stanford al inicio del milenio, en medio de ese crash y lo que más me llevé no fueron únicamente las historias, sino una lección de disciplina institucional. Suele pensarse que la resiliencia nace de la carencia: el país que no tiene recursos aprende a sobrevivir con ingenio. Stanford desmiente esa idea desde dentro.

Stanford tiene de sobra con qué sostenerse y, aun así, no se acomoda. Cuando la burbuja tecnológica estalló, la universidad no esperó a que pasara la tormenta; siguió observando, invirtiendo y preparándose para lo que venía. Ahí está la diferencia entre abundancia y complacencia. Y ahí viene de nuevo.

La universidad destinará diez millones de dólares, para que sus departamentos re-imaginen las licenciaturas en la era de la inteligencia artificial. A partir del trimestre de invierno de 2027, podrán solicitar subsidios de hasta 750 mil dólares por uno o dos años, con convocatoria trimestral y acompañamiento para unos quince departamentos.

La pregunta a la que debemos estar atentos es muy clara: qué deben aprender, demostrar y hacer los estudiantes por sí mismos cuando las herramientas escriben, programan y crean a petición. El programa no impone una respuesta única.

Admite estrategias que excluyan la IA, como exámenes orales o trabajo en clase, y otras que la integren en la disciplina.

Lo que me parece acertado es la escala. Muchas instituciones todavía tratan la IA como un problema de trampas o como un complemento que se agrega a un curso. Stanford la aborda como asunto de diseño curricular completo, desde el primer semestre hasta el proyecto final. Eso es lo correcto, porque la IA no cambia una clase: cambia el sentido de una carrera.

Hace más de veinte años, John McCarthy me dijo justamente en Stanford algo que entonces sonaba a ciencia ficción: la inteligencia artificial no iba a dejar de evolucionar y estaría cada vez más presente. Hoy ya no es una predicción, es una realidad irreversible.

Por eso llevo tiempo sosteniendo en distintos foros que la academia debe dejar de discutir si la IA entra al aula y empezar a diseñar cómo los estudiantes la dominan.

Mi propuesta es sencilla de enunciar y exigente de ejecutar: formatos de hackatón. Que los alumnos desde los primeros semestres usen todas las herramientas disponibles, construyan y prueben bajo presión, y comprendan al mismo tiempo el valor de su formación, porque la herramienta responde, pero no sabe qué preguntar y poco sabe de imaginar.

Ahí está la frontera entre la fluidez y la comprensión: alguien puede generar código sin entender el problema que resuelve. Y esto no debe empezar en la universidad; la preparatoria es el lugar natural para iniciar esa alfabetización.

Tengo una experiencia que lo ilustra. En el hackatón de Nvidia durante la GTC 2026 competí de la mano de estudiantes de primer año de Imperial College y Cambridge, con una trayectoria notable como vibe coders y una perseverancia admirable.

Ganamos, y no fue solo por mi experiencia y mis kilómetros recorridos (casi les triplico la edad); fue, sobre todo, por la práctica disciplinada de ellos y su constancia. El conocimiento de fondo y el dominio intensivo de la herramienta se refuerzan mutuamente.

Los académicos de esta tercera década del siglo tenemos mucha tarea. Stanford dio un paso con recursos y estructura.

Falta que las demás universidades se atrevan a experimentar, compartan lo que aprendan y acepten que rediseñar una carrera no es tarea de un semestre.

La resiliencia, al final, no es herencia de la escasez: es una decisión institucional que se sostiene cuando nadie obliga a sostenerla.

pd: By the way, en medio de toda esta vorágine de uso de la IA quiero manifestar toda mi admiración, respeto y solidaridad pública a mi gran amigo Santiago Schnell.