El hecho ocurrido en Ojocaliente, Zacatecas, con la explosión de un coche bomba frente a la Comandancia de la Policía Municipal durante las celebraciones de la Feria Regional de la Tuna y de la Uva, sumado al incendio provocado en el Centro de Usos Múltiples en Hermosillo, Sonora, en vísperas de una función de boxeo, obliga a hablar de algo mucho más grave que la cómoda etiqueta de inseguridad y de disputas entre grupos criminales.
En ambos eventos está presente la utilización deliberada del miedo como instrumento de poder. Cuando el crimen organizado recurre a ataques con explosivos —vía drones o coches bomba— o actos de violencia espectacular capaces de paralizar comunidades y sembrar terror entre la población, la frontera entre delincuencia organizada y narcoterrorismo comienza peligrosamente a desdibujarse.