A Primitivo Rodríguez.
En memoria.
A la familia Cárdenas.
Un club de blues en Chicago, a finales de 1988: sillas pequeñas, mesas pegadas, humo —entonces se fumaba— y músicos locales que no necesitaban presentación. Cuauhtémoc Cárdenas se sumó a la salida nocturna de uno de sus hijos y de Primitivo Rodríguez, del American Friends Service Committee, que organizaba su gira con migrantes mexicanos y la Federación de Clubes Michoacanos.
Primitivo contaba que, al verlo serio, inmóvil, inexpresivo, con preocupación, preguntó al hijo si no convenía llevarlo a descansar. Éste observó a su padre un momento y respondió: “Está feliz. Mira sus manos”. Sus dedos seguían apenas el ritmo sobre la mesa.
Con una discreción similar, Cárdenas Solórzano murió el 28 de octubre a los 92 años sin haber despachado un solo día en Palacio Nacional. El artículo 27 de la Constitución mexicana dice que el subsuelo pertenece a la nación.
Cárdenas fue el subsuelo de la política mexicana: lo que no gobierna, lo que no se ve, lo que sostiene cuanto se construye encima. Importó más por lo que representó que por sus políticas públicas. Representó durante cuatro décadas la esperanza democrática en su versión más austera —la idea de que un régimen de partido de Estado podía disputarse con boletas—.
La historia es conocida. En 1986, la Corriente Democrática exigió al PRI que la sucesión se decidiera entre militantes y no en la oficina del presidente.
Octavio Paz vio en el neocardenismo una nostalgia del Estado de 1938; Carlos Monsiváis prefirió leerlo como “la sociedad que se organiza” (Entrada libre, Era, 1987). Monsiváis tenía razón, pero Paz no se equivocaba del todo: Cárdenas representaba al mismo tiempo una República que ya no existía y una democracia que no terminaba de nacer.
Lo decisivo vino después del fraude. Con las plazas llenas y la calle pidiendo un llamado que nunca llegó, Cárdenas decidió no abrir la compuerta. Adolfo Gilly se lo reprochó (Cartas a Cuauhtémoc Cárdenas, Era, 1989). Lo hizo para no sumar muertos. Max Weber habría hablado de ética de la responsabilidad.
De esa derrota salió más Estado que de la victoria de Salinas: la reforma de 1996, la autonomía del Instituto Federal Electoral, el jefe de Gobierno electo en 1997, la alternancia de 2000. Los triunfos de 2018 y 2024 se contaron con las reglas que su derrota obligó a escribir. Del salinismo nadie reclama hoy la paternidad; del cardenismo la reclaman todos.
Conviene entonces nombrar con cautela lo que no existiría sin Cárdenas. La izquierda se unificó: era un archipiélago de siglas que nunca rebasó el cinco por ciento, y el Frente Democrático Nacional existió porque hubo un apellido que aglutinaba a comunistas y expriistas; Heberto Castillo no habría declinado por nadie más.
El fraude fue visible: sin un candidato con posibilidades, el PRI habría ganado con votos ordinarios y nadie habría tenido que apagar las computadoras.
Cárdenas no destapó la “caída del sistema”; la hizo necesaria. La disidencia no hubiera sobrevivido: Miguel Henríquez Guzmán reunió en 1952 los mismos ingredientes —escisión, fraude, represión— y terminó en el olvido; en 1988 el nombre operó como escudo y, aunque hubo muertos —Xavier Ovando y Román Gil, dos días antes de la elección—, no hubo decapitación.
Cárdenas unió la izquierda y la democracia en un país donde estaban separadas. Hasta entonces, para la izquierda las elecciones eran un asunto burgués; desde 1988, contar los votos fue su bandera y la causa se convirtió en opción.
Morena existe como es: López Obrador dejó el PRI tabasqueño para sumarse al Frente, presidió el PRD y heredó la candidatura de 2006; no reconocer aquel resultado fue hacer lo que creía que el ingeniero debió haber hecho. La izquierda que hoy gobierna se definió primero con él, luego contra él, nunca sin él.
Nada de esto borra las grietas. El PRD que fundó se convirtió en lo contrario de lo que decía representar, y en noviembre de 2014, tras Ayotzinapa —con alcalde perredista en Iguala—, Cárdenas pidió la renuncia de la dirigencia nacional y una refundación ética; al no obtenerlas, renunció. Con su salida —digna y ejemplar— se ensanchó la distancia entre la élite partidista y las causas populares, condición que después nutrió a Morena.
La Cuarta Transformación reclama el cardenismo de 1938, que fue Estado, y el de 1988, que fue sociedad frente al Estado. Reclamar el segundo desde Palacio Nacional plantea una tensión que ningún homenaje resuelve.
Aquella noche en Chicago nadie supo quién era el hombre serio de la mesa del fondo. El país tardó cuarenta años en aprender lo que su hijo vio en un segundo: que también se lleva el ritmo con los dedos sobre la mesa.
Lectura sugerida: Sobre mis pasos, de Cuauhtémoc Cárdenas (Aguilar, 2010).
Gracias, LGCH.