Por: Victoria Medina Cruz

Nos llamamos Irene Salas y llevamos once años traduciendo lenguas que ya nadie habla.

Nuestro trabajo es aburrido, pero lo hacemos bien: fotografiar inscripciones, comparar símbolos y contar trazos. Nos pagan por horas. Dormimos mal.

Hay algo que debemos explicar, aunque no sabemos cómo hacerlo sin que suene extraño: Irene es una sola persona, pero nosotros somos quienes hablamos. No es un plural de cortesía ni una forma de referirnos a un equipo. Es que hace catorce meses entramos en su boca y ya no nos fuimos.